Pecado de academia

Autor:

Juventud Rebelde

Todavía resuena en mis oídos la disertación que sobre los valores morales hiciera una muchacha «bien leída e instruida».

Ella anda por el mundo diciendo que «son siete» (los valores), sospechosa coincidencia con el número de pecados capitales. Sabe de memoria el concepto de cada uno y aboga por volver a ejercitar en la sociedad cubana una discusión sobre el tema, similar a lo acaecido en los años de mayor acritud del período especial, cuando se llegó a polemizar acerca de la existencia de un agujero en el terreno moral.

Probablemente tenga razón cuando plantea la necesidad del debate público. Pero su academicismo a ultranza tuerce cualquier buena intención y es reflejo de una interpretación mecánica de la realidad, de un pensamiento esquemático, suerte de cerebro «atornillado» que todavía a estas alturas tienen algunos.

Me hace recordar el inverosímil ejercicio que, precisamente en aquellos años, un profesor dejó como tarea a unos jóvenes de un politécnico: en cuatro párrafos de un texto debían extraer cinco valores y «explicar el concepto de cada uno».

A veces, en el afán de conquistar mejores luces nos extraviamos ingenuamente en un cosmos de penumbras. O tropezamos a caernos porque vamos con orejeras.

Los valores no son mercancías registrables que se empacan. Retoñan en el espíritu humano, que resulta tan complejo como diverso. Luce absurdo entonces enumerarlos fríamente, precocinar una fórmula o almidonar un concepto para una coyuntura.

Claro que los necesitamos, quizá más que nunca. Nos hacen falta ahora y en eras futuras, aunque su cultivo presupone numerosos intríngulis.

¿Cómo «cosecharlos» sin caer en las posiciones de la muchacha o el profesor?

Espinosa pregunta. La disciplina moral —como sentenció Enrique José Varona— está muy ligada a las condiciones materiales, no se funda en abstracciones y por ende «ha de prender en el suelo de lo real».

Por eso en ocasiones parece embarazoso dar lecciones sobre desinterés, humanismo, solidaridad, etc., en medio de un panorama que ha traído metamorfosis en algunos cerebros, expectativas sobre el futuro y la propensión de algunos grupos sociales a los valores del consumismo.

Con una definición de academia difícilmente, por ejemplo, se pueda explicar a un niño por qué sus juguetes son más modestos que los de otro infante.

Con un concepto científico se antoja quimérico convencer a un pepillo de la «moda» de que el lado virtuoso es, con certeza, el más humilde. Y que no necesita un pantalón de marca para ir a una fiesta con sus coetáneos.

Mas, entre esas olas duras de la cotidianidad se suele encontrar aún un banco de arena fina. Por suerte, tenemos el mejor universo de variantes y métodos pedagógicos, desdeñados a veces o convertidos en rutina.

En Cuba existe todavía una familia que no ha perdido su vigor moral y hay un piélago de ejemplos positivos en la historia, sobre todo en aquellos que fundaron y ensancharon la nación.

En el legado de virtudes de esos hombres debemos zambullirnos con más intensidad y frecuencia para que los valores no se conviertan en piedras contables y finitas.

Debemos zambullirnos, sin presión y sin pena. Sin academicismos radicales, para que no nos impidan ver el Sol.

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