Maduro, luego existo

Autor:

Juventud Rebelde

No es que pretenda burlarme de la gloriosa frase «Pienso, luego existo» de René Descartes, aquel francés del siglo XVII, tan docto en la Filosofía como en las Matemáticas.

La inserto aquí parodiada porque, aun después de dos alertas del colega Nelson García, el acto de madurar frutas a la fuerza sigue estando en apogeo, aparentemente sin que nadie lo ataje o lo reprenda.

Nadie tampoco ha clarificado —que yo sepa— si aquellas advertencias del periodista carecían de razón (quien enmudece admite) o si ya hemos aprobado legalmente el uso de productos químicos para tornar amarillo de un tirón lo obtenido verde en la cosecha.

De todos modos —por eso cito a Descartes— la práctica de sazonar artificialmente las frutas —incluso antes de que estas «nazcan»— se antoja preconcebida con frío espíritu aritmético.

Confieso que el año pasado, ante el primer reportaje de mi compañero de profesión... me asusté. Esas líneas exponían que las frutas envejecidas con artificios, sobre todo aquellas «cloradas», podían resultar perjudiciales a largo plazo para la salud de los consumidores.

«En el país no hay ninguna sustancia química aprobada para ser utilizada con esos fines, y muchísimo menos de una forma desordenada, artesanal [...] está autorizado el empleo de compuestos órgano-fosforados [...] pero solo para favorecer el crecimiento de determinados cultivos», decía ese trabajo.

Desconozco si en Cuba, después, se habrá aceptado algún agente externo para acondicionar con velocidad estos comestibles. Lo dudo mucho.

En todo caso, tal vez desde entonces hay más discreción de los expendedores. Indagando por lo bajo, de manera casi subrepticia, en varios mostradores los comerciantes brindan las mismas respuestas: «Eso está más controlado, pero se sigue usando», «las frutas maduras tienen más demanda».

Sin embargo, la médula del problema no radica en vigilar si se aplican o no los líquidos milagrosos para madurar al galope.

Hay, en todo este entramado, una primera condicionante que conduce a este afanoso ejercicio de añejamiento violentado: el precio.

Una libra de plátano fruta verde vale, en Bayamo por ejemplo, según la época del año, 40 centavos; una de ese mismo plátano maduro: 70 centavos. Casi el doble, una bobería. Así mismo sucede en otras regiones de la nación.

De modo que no significará jamás un buen negocio comercializar los productos en su estado natural de juventud, porque amarillitos abultan más los bolsillos. Y estamos en tiempos de carteras infladas.

Es de los pocos casos en la historia —dirían entre ellos los plátanos mozos— en que la pubertad se valora tan poco.

Existe también, pues, una contradicción semifilosófica en esta estrategia que premia con equivocación lo «apto para consumir de inmediato»: lo verde, si no se coge a destiempo, puede pasar a maduro; en cambio no resulta posible que ocurra lo contrario, la siguiente fase de «maduro» es «podrido».

¿Por qué permitimos institucionalmente tan abismal diferencia? ¿Cómo pedir no administrar líquidos sazonadores si, a fin de cuentas, si se estimula demasiado que se venda la fruta madura? ¿Es posible verificar que un comerciante dejó pintar ex profeso en sus despensas un producto para venderlo más caro?

Son incógnitas, quizá, de difícil respuesta. Pero no parece espinoso repensar al menos la política en las tarifas, como freno al uso indiscriminado de maduradores o al surgimiento de trampas en el complicado proceso de comercialización.

El mango debe vivir maduro en una época del año, no sospechosamente antes. Y un plátano ha de nacer diciendo lo contrario a la realidad actual: «existo, luego maduro».

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