Ni Ankara oye, ni Bruselas escucha

Autor:

Luis Luque Álvarez

Un diálogo de sordos. Turquía se cubre los oídos con las manos, y otro tanto hace la Unión Europea (UE). Gritan, pero no se escuchan. Y todos pierden.

En la cumbre semestral que hoy comienza en Bruselas, no se hablará de Turquía. Al tema ya se le dio «solución»: de los 35 capítulos de negociación para la futura —y lejana— adhesión de ese país al bloque comunitario, se paralizaron ocho: unión aduanera, transporte, libre movimiento de mercancías derecho a establecimiento y libertad de prestación de servicios, servicios financieros, agricultura y desarrollo rural, pesca y relaciones exteriores.

¿La causa? Ankara se niega a permitir el acceso de naves y aeronaves de la República de Chipre a su territorio, si antes la UE no levanta las sanciones económicas que pesan sobre la República Turca del Norte de Chipre, una entidad solo reconocida por Turquía.

Sí, el asunto tiene una historia complicada. La legendaria Chipre, al este del Mediterráneo, ha sido hogar de griegos y turcos durante siglos, y un sitio dominado por los ecos de eternos choques entre ambos. La invasión de 1974, bajo el pretexto de defender a miles de turcochipriotas de eventuales amenazas de la mayoría grecochipriota, se saldó con la fundación de la mencionada República en un 37 por ciento de la isla, donde Ankara mantiene 30 000 soldados.

En 2004, una propuesta del hoy saliente secretario general de la ONU, Kofi Annan, para la formación de una «República Unida, con dos Estados componentes», fue aprobada por los turcochipriotas y rechazada por sus vecinos, que entraron a la UE en mayo de ese año. Bruselas se comprometió a cesar el aislamiento económico de la parte norte, sin embargo, hasta hoy no ha ocurrido, y cualquier intento de ayuda a dicha entidad es vetado precisamente por Chipre.

Como se ve, no ha sido uno solo quien ha tirado los platos al suelo, pero es Turquía la que está contra la pared. Para intentar modificar esa situación, Ankara propuso levantar la prohibición de que aviones y buques chipriotas ingresen a su territorio, a cambio de que se halle una solución global dentro de un año, al término del cual volvería a imponerse la exclusión, de no haber resultados concretos.

Pero a los 25 les desagradó la condición y paralizaron los ocho capítulos, sin los cuales el candado sigue cerrado; mientras, Turquía aseguró que tampoco se moverá.

En realidad, las autoridades turcas encuentran dificultad para entender que, con su negativa, faltan a un principio elemental. El Tratado de Unión Aduanera que suscribieron en 2005 con la UE, implica abrir puertos y aeropuertos a los miembros del bloque, y no puede ser válido para 24 países y nulo para uno de ellos. Si es un convenio con «toda» la UE, no es solo para la «inmensa mayoría» de ella.

Tampoco se entiende que Ankara aspire a ingresar a un grupo de Estados del que no admite la legitimidad de uno de ellos: la República de Chipre. Un verdadero contrasentido.

Por último, valga decir que la decisión de parar en seco los ocho capítulos, se tomó tras intensos debates. De un lado, España, Gran Bretaña y Suecia, entre otros, consideran errado que se retrasen las negociaciones, pues valoran el papel que podría desempeñar Turquía como puente con el mundo islámico, y opinan que la demora podría alimentar los afanes de violencia del Islam más radical.

En la otra acera están chipriotas, griegos, franceses, germanos y austriacos. Los motivos de los dos primeros se infieren. Para los demás, quizás pesa el argumento de que Turquía —con 70 millones de habitantes— desplazaría a Alemania como la nación más poblada de la UE, y esto le otorgaría un poder decisorio en cuestiones cruciales.

El congelamiento de los ocho capítulos nos dice que los segundos se hicieron escuchar mejor en Bruselas. Le toca a Ankara, si es que está interesada realmente en formar parte de la familia, quitarles pretextos a algunos primos.

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