Digiboberías

Autor:

Julio Martínez Molina

Como, por lo general, los cazadores de chismes en la red trabajan en centros laborales que cuentan con Internet, cubren parte de su tiempo buscando en la telaraña de las tres «w» las cosas más insignificantes.

Ahora está de moda saber si Docarmo se quedará con Dirceu o el señor Improtta. Tiempo atrás lo fue el tipo de silicona usado por Cristina Aguilera para aventajar en pectorales a Angelina Jolie; o la clase de ejercicio utilizado por Beyonce para mantener en alza su grupa.

A veces los digichismosos no logran encontrar nuevas de tales interioridades (después de todo, la mayoría están en inglés, y algunos desconocen el idioma), de modo que cogen la computadora de radio o televisor.

Cuando no están frente al ordenador imprimiendo algo o en otra misión, ponen la música indirecta en tono bajo —siempre hay que cuidarse, doquiera que labores.

Ya en posición, dueños nuevamente de su silla-trono, ahora con visión incluida, aprecian el show en conjunción de imagen y sonido.

El viernes por la tarde, los sábados y las semanas de receso escolar tienen el sabor del peligro. Sencillo: vienen los niños. Habrá que hacer un sacrificio, y poner a un lado «el elevado disfrute intelectual», las canciones y todo lo demás.

¿Y qué decir de la hora de juegos? La computadora trae varios consigo, pero ellos le incorporarán otros a su memoria; no importa su capacidad virtual, no importa que reviente la máquina. «Al fin y al cabo vendrá una de repuesto», pensarán adultos y nenes.

Estas imágenes son dolorosas, sobre todo cuando se sabe que la divisa para adquirir esos efectos electrónicos en el mercado internacional sale de un fondo madre común, que cuesta mucho sudor incrementar.

Dolor porque el Estado ha realizado ingentes esfuerzos para garantizar disponibilidad de computadoras para nuestros estudiantes hasta en la más recóndita escuelita de Maisí. O para el sistema de salud nacional.

Algún «afectado» al leer esto sacará la muletilla de siempre: «Dicen eso por envidia, porque no lo pueden tener».

En realidad no se trata de envidia, sino de pesar. De lo que se habla aquí es de preservar el patrimonio estatal, de velar por el cuidado de medios puestos al servicio de la producción y no del ocio de individuos que suscribieron contratos laborales en organismos con determinadas posibilidades tecnológicas y de otro tipo.

De que la gente responsable que bien emplea esos medios allí, saque del error a sus compañeros y los induzca a justipreciar el valor de las cosas, pues el pesar ha de ser solamente la primera manifestación de la preocupación.

De que exista mayor control por parte de los directivos en sitios semejantes. De procurar el uso debido de las computadoras y frenar el acceso indiscriminado a ellas.

De mantener la seguridad informática, que debe prevalecer en cualquier entidad que disponga de una red digital.

De cuidar lo poco que tenemos. De extraer sus frutos y no dejar fenecer la vida útil de los equipos buscando sosas curiosidades personales. De trabajar, caramba, y no seguir bobeando en la computadora.

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