Nuestro regalo del emperador

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

El generoso emperador de este mundo quiso ofrecernos un espectáculo siniestro como regalo de fin de año. A la plebe incómoda, descontenta de su gestión universal, hizo igual que el César en la Roma antigua.

Nos concedió la oportunidad de acudir a los últimos días del 2006 como en el Coliseo, extasiándonos en el drama sugerente de la muerte.

Un ahorcado, con sus enemigos danzando igual a bestias alrededor de sus despojos, debe ser —para la augusta figura—-, un excelente final para los pasados 365 días en que nos alentó a vivir y batirnos cual fieras.

Solo que le queda muy mal el papel de «chivo con tonteras». Sobre todo al ignorar que la soga con la que apretó el cuello de Hussein se viene ciñendo desde mucho antes en el suyo propio.

El júbilo por el ejecutado tiene todas las apariencias de una cortina con la que intenta ahuyentar el fantasma del fracaso militar, a los más de 3 000 soldados abatidos en Iraq —una cifra mayor a la de los sepultados por los atentados terroristas a las Torres Gemelas de Nueva York—, y a la muy superior de inocentes civiles de esa nación.

El trofeo de guerra mostrado después de las seis de la mañana del pasado sábado en las afueras de la Zona Verde de Bagdad, ya no será nunca el premio a una operación que comenzó por llamarse «libertad duradera», sino el preludio de lo que tarde o temprano terminará por convertirse en un desastre imperecedero.

Hay quienes incluso vaticinan que George saldrá en estampida —-puntapiés de por medio—- de la sala oval, antes de terminar su mandato.

Es que sus doctrinas, proclamadas con aparatoso y frenético entusiasmo en la academia de West Point, estaban condenadas a pender de una soga desde el mismo instante de su anuncio.

Los acontecimientos dan razón a los analistas que avizoran que en la misma fosa donde enterraron con sigilo a Hussein se le está echando tierra a su particular contienda mundial contra el terrorismo, a la doctrina del ataque preventivo... y a todas las concepciones alimentadas por la engreída y recalcitrante derecha fascista norteamericana representada en Bush.

Y ese entierro, ese ahorcamiento de la irracionalidad y el crimen como política de un estado imperial para sojuzgar al resto, sí hará alegrarse y respirar con alivio en este nuevo año a los pueblos de esos que llamó 60 o más «oscuros rincones del mundo».

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