Sueño por La Habana

Autor:

José Aurelio Paz

¡Ah, sueño de guajiro que ve a la capital de su país como a la novia a raptar en la pura montura del caballo! Ese espacio geográfico que discrimina, sobre la llanura de la palabra «campo», todo lo que habita fuera de las márgenes geométricas de lo citadino que ahoga, entre el hollín y el asfalto, lo que a veces pudiera mejorarle el alma.

Así parece que ocurre con Endedans, de Camagüey, que acaba de presentarse en mi provincia. Y si es solo suspicacia de este redactor lo que aquí pesa, me atrevería a llevar esa cruz por el resto de mis días.

No se necesita ser conocedor cuando la danza enamora al iris y se adentra en esos trillos secretos que conducen, a veces sin brújula, al corazón. Ocurre, entonces, que este pequeño y joven colectivo, dirigido por la también joven coreógrafa Tania Vergara Pérez, muestra una manera distinta, quizá no absoluta, de entender la danza.

Códigos rotos que proponen otros más actuales, sin desconocer la tradición, en una propuesta provocadora, íntima, de gráciles fluidos que pudieran sumarse al panorama de nuestra danza. Todavía desconocidos porque no han logrado traspasar esos otros muros invisibles que, a veces, para los artistas del «interior» permanecen cerrados, aunque se escuche el ancestral cañonazo de las nueve.

Terminada la función, donde lo que más llama la atención es un diseño coreográfico iconoclasta, en el mejor sentido del término, propiciador del asombro, la magia teatral, el humor y los saltos de gacela de sus bailarines, conversamos con la autora de una agrupación que bien porta el nombre de un paso técnico del ballet, según creo, donde el pie, en lugar de ir hacia fuera va hacia adentro, como premonición de lo que aspiran; ser pasadizo secreto de la emoción.

Con solo cinco años de fundada la mini-compañía y varios premios en diversos certámenes, incluido el Villanueva que le otorgara la Asociación de Críticos de la UNEAC en el 2005, viven aún marcados por el fatalismo geográfico de permanecer en lo que el argot capitalino, portador en ocasiones de la chanza discriminatoria, ha denominado el «área verde del país»; ese interior que, justamente, es eso; visión de un color que parte más del espíritu que de las apariencias.

Ensayan en su provincia con la zozobra de ser «expulsados del paraíso» que para ellos se traduce en el tabloncillo prestado de un cine. A pesar de ciertas gestiones con instituciones culturales, parece ser que la programación de todos los teatros de la llamada, de manera redundante, «capital de todos los cubanos», está atestada sin un mínimo espacio en la sala más mínima. No pueden ser incluidos en giras nacionales porque aún son una agrupación muy joven y parece ser que esos espacios promocionales solo están destinados a los consagrados. Y, como sino de fatalidad, han decidido no invertir más en programas impresos para sus presentaciones. Cada vez que lo hacen, la función se suspende, sea donde sea... ¡en fin, el mar! ¡O mejor digo, el drama que quieren traspasar!

Ellos no sueñan, en lo inmediato, con actuar en el Metropolitan Opera House del Lincoln Center de Nueva York, ni en la Ópera de París. Ellos solo acuñan la esperanza de anidar, más temprano que tarde, en algún mínimo y humilde escenario habanero al riesgo de que los especialistas y/o el público digan luego que, después de tanta alharaca de este crítico, no valió la pena.

¿Ha visto usted una reinterpretación masculina de La muerte del cisne? ¿Se atreve a sucumbir a la explosiva mezcla sensual y voluptuosa de la danza hindú y los bailes yorubas? ¿Quiere adentrarse en ese mundo ambivalente que niega lo absoluto de la verdad en un dueto como Estuche?

Sin chovinismos provincianos considero que estos muchachos merecen su oportunidad, esa que debe dar un país como el nuestro donde la aspiración, al menos a nivel de las políticas culturales, es la igualdad de posibilidades expresivas y promocionales.

Quizá algunas «figuras», al leer estas líneas, digan para sí: «que pasen lo que todos hemos pasado en los inicios; o si no que se muden pa’ La Habana». Como mismo estoy convencido de que otras querrán ser los anfitriones de este sueño que, en definitiva, será el tiempo y el talento quien lo reafirme o lo desmienta.

Pero creo que a la voluntad no pueden cortársele las alas por mera repetición del Cuento de la Buena Pipa, ni del desarraigo como única fórmula de triunfo.

Quizá Tania, al leer estas líneas, porque no fue ella danza de la queja, sino dolor por la agonía de probar suerte, me condene por revelar estas cosas y su próxima coreografía sea la historia de un periodista «chismoso». Pero no importa. Asumo el riesgo. Lo juro por el propio González Allué y su Amorosa Guajira, como su «guajiro enamorado (que) sus penas de amores se puso a cantar».

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