Escaleras asesinas

Autor:

José Aurelio Paz

Alguien se hace «pis» en mi escalera, ese es el tema. Y si bien, en principio, quise convertirme en «Chuncha» las 24 horas para tomar in fraganti a tamaño meón y hasta estuve, como Almodóvar, al borde de un ataque de nervios, me di cuenta de que no valía la pena hacerle el juego a la alimaña que desdice las normas sociales y le encanta, por simple regusto de envidia o maledicencia gratuita, jorobar a los demás.

Las escaleras son tan antiguas como la propia historia de la humanidad y lo mismo han servido para llevarnos a las alturas de un palacio que a la cima de un cadalso. Depende de quienes y para qué las construyan.

Los llamados «edificios de micro» tienen en ese elemento útil de comunicación al hijo pelón que nadie quiere. Este axioma parte desde la propia concepción arquitectónica que, por mantener al calco inmaculado incluso hasta los errores constructivos del ex campo socialista en este tipo de inmuebles, desdeñó el destaque hermoso del acceso al hogar de miles de cubanos.

Luego la purga de materiales constructivos que se «evaporan» de nuestras edificaciones sociales durante su fabricación y/o la premura por terminar la obra que hay que entregar en tal fecha en saludo a la efeméride más cual, dejan este imprescindible vehículo en carne viva sin la adecuada losa o sin repello y pintura; en fin, como Dios pintó a Perico.

¿Es que acaso llegará el día en que podamos vivir sin escaleras? Hagamos un pase de revista a la historia. La Biblia habla de la afamada Torre de Babel en que Yavé castiga a las antiguas civilizaciones con la incomunicación del idioma por querer construir una vía para llegar al cielo. Las pirámides escalonadas tenían, entre sus propósitos, darle fortaleza a esos edificios, mientras los Incas ejercían la agricultura, también de manera escalonada en las faldas de las montañas, como estrategia para preservar los suelos de la erosión.

Este importante elemento, que traspasaba el portón de lo puramente ornamental, fue clave en la arquitectura románica, en el arte medieval y hasta en el renacimiento italiano con los afamados mármoles de Carrara. El propio Machado, por voz de Serrat, salió por el mundo pidiendo: «¿Quién me presta una escalera/ para subir al madero/ para quitarle los clavos/ a Jesús el Nazareno?» Y hasta el azteca Ritchie Valens, en su versión de una tradicional canción mexicana, exigió, con La bamba, dos escaleras; una grande y otra chiquita para lograr subir al cielo.

Entonces, ¿por qué diablos convertir las nuestras, las vecinales, en antro público de mala higiene? ¿Por qué creerlas tierra de nadie o Realengo 18?

La escalera como espacio urbano y colectivo en los edificios multifamiliares ha devenido, para algunos, cuarto de desahogo donde colocar lo que no cabe en casa; para otros área libre donde nuestras mascotas dejen su «cocó» como regalo, y hasta lecho duro, ante la ausencia nacional de posadas, con su dosis exacta como las películas del sábado, de sexo, violencia y lenguaje de adultos.

No hay planta ornamental o foco eléctrico que perviva en una escalera (si existe alguno, favor comunicarlo para comenzar el proceso de propuesta de condecoración). Ni siquiera en aquellos inmuebles donde el vecindario ha puesto rejas de acceso las paredes se libran del incendiario afán cavernario de desvestirlas de la pintura que hermosea con palabrotas obscenas o corazones «puros» que le recuerdan a la «Chuchy» que «El Bolo» está muerto con ella.

En la telenovela brasileña de turno hay una asesina impune que sirve de contrafigura a la «malisísima» Nazaret. Es esa escalera protagonista de varias muertes a la cual nadie puede juzgar por tener el corazón de madera.

La vida en comunidad, y sobre todo la cubana, no puede seguir siendo ese eterno gallinero retratado por la ingeniosidad popular de una cuarteta donde usted sabe, y no es necesario repetirlo con todas sus palabras, lo que «los de arriba» hacen sobre «los de abajo». De manera que estoy proponiendo, en nombre de muchos, la necesidad de una campaña que prestigie ese espacio público como nervio vecinal que nos entronca en un mismo latido.

A estas alturas no me interesa saber quién se derrite, al rato de haber limpiado la escalera de mi casa, como durofrío, del rencor. ¡Allá él con su vocación malsana de destilar desprecios hacia la convivencia pacífica, con armas tan vulgares!

Una escalinata, para que resulte sólida, ha de tener en cuenta, entre otros elementos descriptivos, la llamada «huella» que es ese plano donde se asienta el pie para ascender. Preservar una ética de la colectividad nos permitiría evitar el descalabro de habernos creído personas civilizadas sin serlo.

Está el imperativo entonces, desde ya, de construir nuevos peldaños; esas necesarias escaleras espirituales que, en lugar de conducirnos a los lóbregos sótanos de lo sórdido y mezquino, nos lleven al desván de lo hermoso desde donde podamos admirar otro paisaje.

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