Perdedora… ¿por un hijo?

Autor:

Luis Luque Álvarez

Tenía un hijo. Y la despojaron del título.

Leí la noticia hace dos semanas. Los organizadores del concurso de belleza Miss Cantabria 2007 le retiraron la corona de ganadora a Ángela Bustillo, de 22 años, tras enterarse de que la joven tenía un niño de tres años.

¿La justificación? Que en las bases del certamen se consignaba «no haber tenido descendencia ni hallarse en estado de gestación». Y ella fue descubierta «a posteriori». Al parecer, para ciertos managers del mundillo de lo frívolo, la maternidad está fuertemente reñida con la belleza.

Por supuesto que los truenos de disgusto no me vienen porque hayan despojado a la muchacha de un valioso título ni mucho menos. Si el nombramiento de Miss Universo me provoca risas, qué no hará uno tan sonoro como Miss Cantabria. Tan insulso uno como el otro. Belleza física, gestos dulzones y complacientes, buenas maneras, a veces fingidas... Y al final, nadie puede, aun si se lo propusiera, escudriñar la calidad real del alma que se envuelve en tan voluptuosas cáscaras.

Sin embargo, me soliviantan ciertos criterios simplistas, ridículos. Evoco a Afrodita, la diosa griega de la belleza, representada una y otra vez en su perfección por los artistas del óleo y del mármol. Trazo un paralelo y adivino que, con seguridad, los responsables del evento de Cantabria la hubieran hecho liar los bártulos y la habrían despachado en el primer avión que partiera rumbo a Atenas, cuando supieran que dicha señora era madre nada menos que de Eros, el travieso dios del amor.

«Hermosa, despampanantemente bella, pero posee un defecto: ¡tiene un hijo!».

Si tan fatal punto de vista quedara restringido a los límites de los concursos de belleza, quizá sería fácil tildarlo de prejuicio tonto. Y basta. Pero temo que no.

Cierta buena amiga me narró historias salidas del calor de un taller sobre derechos de la mujer. Algunas de las concurrentes —y es este el punto— se refirieron a la maternidad como una opción sin provecho, que remata de una estocada las aspiraciones de realización personal de las féminas. Un lastre, un atraso. Un verdadero fracaso.

Olvidadizas algunas de las dialogantes, ¿no? Muy pronto desterraron de la memoria que apenas unos 30 o 40 años atrás, ellas mismas dormían plácidamente en el calor y la seguridad de un vientre materno. Y ya quisieran, por añadidura, que los científicos se exprimieran aún más la materia gris para lograr un eventual «embarazo masculino». «Si los hombres supieran lo que es parir, ¡je!».

Triste época esta en que se asocia el nacimiento de un niño con un castigo a la prosperidad personal. No tengo hijos —¡cuánto quisiera tenerlos!—, pero por nada se me asoma la idea de que se trataría de una relación desgastante, de beneficios en una sola dirección: la de la criatura. ¿Cuántos hijos, concebidos en tiempos duros, no son hoy el orgullo de sus progenitores, quienes se resistieron a la tentación de desarraigar el retoño para «continuar la carrera» o «terminar el doctorado»? ¿Y de cuántos excelentes seres humanos a los que hemos estrechado la diestra, no tendríamos noticia si hubiera prevalecido el falso concepto del «yo hago lo que quiero con mi cuerpo»?

Es obvio, y natural: para que la vida prosiga, se transmita, se multiplique, es preciso que la mujer acepte el papel de ser su portadora. Un rol intransferible, que no corresponde al hombre, quien desde luego ha de cumplir su parte, y no precisamente «una ayudita». Como también habrá de hacerlo la sociedad, que debe considerar la diferencia como un bien, no como un estorbo.

Y eso vale lo mismo en Cantabria, en Indonesia y en Jatibonico.

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