¡Ábrete, Marqués González!

Autor:

Luis Luque Álvarez

Sí, ya sé que la expresión del titular se parece un tanto a la que pronunciaba cierto personaje legendario. Cada vez que se aproximaba a la cueva, un ¡ábrete, sésamo! le bastaba para que una enorme piedra se apartara y él entrara a contemplar los fabulosos tesoros que una divertida banda de 40 pillos había acumulado durante años de tropelías.

Pero ahora no hablo de una gruta fascinante, sino de una calle en pleno Centro Habana: Marqués González. Resulta que, en la esquina en que converge con San Lázaro, han colocado tres enormes macetas, sembradas con palmeras, que impiden el tráfico por esa vía.

Antes, los autos podían circular por ese tramo, que coincide con el costado derecho del Hospital Ameijeiras, pero a pesar de que los trabajos principales de restauración de ese centro de salud ya concluyeron, la calle ha seguido bloqueada. ¿Por qué? No lo sé. Sin embargo, si hace meses que no hay movimiento de constructores, ni materiales ocupando espacio en ese sitio, ¿a qué viene dejar cerrada la calle? ¿Habrá sido la última voluntad del susodicho señor González, a quien la muy real gana del rey nombró marqués?

Las cerrazones inexplicables a veces me inquietan. El espíritu humano siempre busca expandirse, desanudar sus ataduras. Recuerdo un pasaje del filme norteamericano Cadena perpetua. En él, el protagonista —encarnado por el actor Tim Robbins—, quien se encargaba de la biblioteca del penal, pone en un altavoz una sinfonía de Mozart. Los presos se detienen, prestan oído, se deleitan, y el alma bate alas más allá de los barrotes.

Al parecer, el genio de Salzburgo tiene un contundente poder contra el encierro. ¿Tendremos que poner un CD suyo a la entrada de mi pobre calle?

Y la música vendría de perillas también en ciertos cines. Ávido de filmes franceses durante el pasado festival de esa cinematografía, estuve tres veces en el Yara y una en el Payret. En el primero, no siempre se abrieron las puertas laterales al final de la proyección, y en el segundo, tampoco.

El público iba saliendo como los granos de arena a través del estrecho cuello de un reloj cristalino. Las puertas, si tuvieran rostro, podríamos imaginarlas con expresión de enojo: «Pues por aquí no pasas, mi chino».

Me gustaría saber —aunque no experimentar— qué pasaría si se declara algún tipo de emergencia en la instalación. La frase «¡a correr!» y múltiples «¡aaaaaah!» se estrellarían contra la madera de los portones, y apenas dejarían escuchar la pregunta: «¡¿Pero quién rayos tiene la llaaaveee?!».

Espero, francamente, no verme nunca en una situación parecida. Y más esperanzas guardo por saber con qué potestades, sin previo anuncio, de la noche a la mañana, alguien desconocido declara que una calle se transforma en un callejón sin salida. O que en las puertas laterales de un cine es hora de que las arañitas vayan hilando sus vistosas telas...

¿Qué queda entonces de mi derecho a transitar? Y en el caso de la sala oscura, ¿qué hay de la posibilidad de poner los pies en polvorosa adecuadamente, o la de evitar un incómodo tumulto para abandonar el lugar?

Hace falta una llave, un «adelante», un «pase, por favor». Para Marqués González, el Yara y el Payret, desde luego. Pero también para abrirles el entendimiento a los Alí Babá que creen que el «sésamo» les pertenece solo a ellos.

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