Hijos de lo súbito

Autor:

Julio Martínez Molina

Terminé de releer El rumor del oleaje, del japonés Yukio Mishima. La obra literaria, en la cual la naturaleza se convierte en un personaje más, que no solo interactúa con los amantes protagónicos sino que los prohija y desteta de inocencia en su regazo, deviene en tratado sobre el tiempo.

Cada instante es sentido, palpado, saboreado en su encuentro amoroso por los dos pescadores amantes. El fluir sosegado de la estación de acople tiene en cuenta, con respeto y fruición, las convicciones y reglas del minutero y el secundario en las vueltas de la existencia compartida.

Esa literatura, tales recuentos, dicha percepción temporal se ha evaporado —duele corroborarlo— en la descolocada era de lo instantáneo, en los años de la vertiginosidad, en los tiempos de lo súbito.

La velocidad irrefrenable que se iniciara con la Revolución Industrial y halla, por ahora, su punto climático en la generación de la web 2.0, focaliza su espaldarazo más rotundo en la carencia de tiempo del ciudadano medio mundial y su sentido cotidiano de urgencia.

Científicos de una universidad británica —dio a conocer la BBC el 2 de mayo— emprendieron un estudio que midió la velocidad con que la gente deambula en 32 ciudades de todo el mundo, e indicó que estamos caminando un diez por ciento más rápido que diez años atrás.

Para medir la velocidad humana diaria, refería el material del medio informativo inglés, los investigadores se situaron en una calle céntrica y sin obstáculos de una plaza urbana, con suficiente espacio como para que las personas caminaran a su ritmo natural, y midieron el tiempo que les tomó a unos 35 ciudadanos recorrer 18 metros.

Las ciudades en que se camina más rápido en el planeta, con arreglo a la referida distancia, resultaron ser Singapur, Copenhague y Madrid (con 10,55; 10,82 y 10,89 segundos, respectivamente).

Richard Wiseman, al frente del estudio, sostuvo que en 2040 vamos a estar tan apurados que llegaremos a un lugar antes de salir. Lo presuntamente pragmático del hecho —las facultades ganadas en el desplazamiento por la especie— no eximen su sesgo apocalíptico.

Seremos tan herederos, sin derecho a renuncia, de la fugacidad de nuestros actos (por extensión, se deduce un menor tiempo invertido en el crecimiento cognoscitivo, en hacer el amor, en sostener un diálogo, en comunicarnos con un semejante por la vía digital...), que la certeza adquiere un matiz tremebundo.

¿Qué podría quedar pues para apreciar el discurrir del tiempo?, ¿quién esperaría la ruptura de una crisálida?, ¿a cuál persona le sobrarían minutos para aguardar por un amanecer o por la apertura de un capullo? Nadie lo sabe; y algunos incluso prefieren ignorarlo.

Contra el signo del frenesí, sin embargo, ciertos movimientos sociales preconizan, a escala planetaria, la defensa de la lentitud cual antídoto o salvadora válvula de escape de la súperaceleración de la existencia humana.

Al periodista británico Carl Honoré se le conoce como «el gurú antiprisa». Autor del libro superventas Elogio de la lentitud, traducido a 27 lenguas, este señor figura como adalid occidental de una corriente que propugna cierta vuelta a los orígenes, a un ritmo más tranquilo de vida.

En material al respecto difundido en El País Semanal, se complementa que en Austria suma acólitos la Sociedad por la Desaceleración del Tiempo, que busca la piedra filosofal, el eigenzeit (el propio tiempo); y en Japón, el Sloth Club con su eslogan Lo lento es bello.

En Estados Unidos, prosigue el texto, Take Back Your Time aspira a convertirse en una plataforma social de activistas del tiempo.

Y agrega que asiáticos y anglosajones miran de reojo y con envidia la vida mediterránea: la España de la siesta, la Italia de la dolce vita. E Italia, harta de la tiranía de la velocidad, lidera el movimiento Slow Food en el mundo.

A juicio del ensayo, algo se está moviendo para que hasta el marketing esté apostando por la calma:

«El nuevo Volkswagen Beetle se vende en Japón con un reclamo en inglés: Go show (anda lento). Orange, la empresa de telefonía recién estrenada en España, ha basado su última campaña británica en la idea de que las cosas buenas de la vida, como jugar con los hijos o enamorarse, pasan cuando el teléfono está desconectado».

Si bien el universo publicitario no podrá ser de cierto el propulsor de una variación sustancial de los patrones de actitud de la especie con relación al tiempo, al menos los anteriores reclamos prefiguran que los humanos no se conformen pasivamente con el rugiente orden de cosas.

Ya en el planeta hay más de 60 cittá slow (urbes a favor de desacelerarnos, reducir al mínimo la presencia de coches, recuperar la calle para el ciudadano y hacer la vida menos complicada). Nunca serán las cosas como cuando fueron descritas por Mishima, pero hay esperanza.

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