Marcando el paso

Autor:

Yelanys Hernández Fusté

Aquel preuniversitario, en los cinco minutos del cambio de turno, era un clásico salón de baile. Desde décimo grado, muchos preferían tomar en serio cada paso o movimiento al compás de un buen son cubano, que ponerse en la piel de los espectadores. Aquello solía ponerse bueno, pues en solo 300 segundos, eran varias las coreografías ensayadas para luego estrenarlas en la recreación de los miércoles frente a toda la escuela.

Sin darnos cuenta, éramos parte de una singular competencia. Las ruedas de casino que espontáneamente se hacían en la plaza de aquella institución escolar tunera de finales de los 90, inspiraban a cualquier artista, aunque pensándolo bien, no pocos instructores de arte de la Casa de Cultura de la ciudad buscaron talentos allí.

Aprender a bailar casino en mis tiempos de bachiller constituía casi otra asignatura, otro requisito para graduarse de esa enseñanza. Allí se gestaba un movimiento sin líderes, documentos o planes por cumplir. Algo similar a lo ocurrido en la Isla desde la década del 50 del pasado siglo, cuando los bailadores comenzaron a llamarle casino a aquellos contagiosos pasos.

Los especialistas afirman que Cuba es un país bailador y que el baile de pareja siempre estuvo presente, incluso antes que el mismísimo danzón. Por eso aquí resulta natural la demanda de este tipo de música. De ahí parte el reto asumido por varias orquestas de música popular bailable, las cuales han enriquecido el son con la búsqueda de nuevas sonoridades aunque conservando la esencia del género.

Bailar casino siempre ha sido popular en nuestro archipiélago, así que no suena nada descabellado que este movimiento se convierta en una asociación, cuya principal directiva sea la del gusto por bailar.

Intentos como el del pasado 31 de marzo, donde cerca de 700 bailadores convocados por la UJC demostraron la trascendencia de esa tradición cubana, en la capitalina Plaza de la Revolución José Martí, bien pudieran repetirse como parte de esa resistencia al desarraigo y el olvido de lo que nos caracteriza.

Sin embargo, me parece que una de las acciones más importantes para impulsar el popular desempeño en el citado baile, es la de propiciar espacios para practicarlo, algo que corroboró a este diario hace dos meses el destacado músico Adalberto Álvarez: «La gente precisa de establecimientos con ofertas en moneda nacional dedicados al disfrute de la música del país y el mundo».

La carencia de sitios con esos fines es una realidad tangible en la nación. Aunque han surgido las llamadas «casinotecas» —se abrió uno de esos locales en el ala izquierda de la sala polivalente Alejandro Urgellés, en Santiago de Cuba, y en la capital se ha declarado el centro José Antonio Echeverría como Palacio del Casino—, es algo que debe extenderse por todo el país.

La impronta del movimiento debe palparse en toda la Isla. Talento y disposición no faltan. La intervención de los músicos de cada región resulta importante, pero también hay que contar con nuestros instructores de arte y con los instructores en las Casas de Cultura. Las competencias, festivales y otras formas de promoción dedicadas especialmente a este baile, como el desaparecido programa de televisión Bailar Casino, no deben hacerse esperar.

Este arte de mover los pies que se inició en los salones para luego trasladarse a cada plaza, está más vivo y con más practicantes que nunca. Nos toca a nosotros mismos decidir adónde nos llevarán sus pasos.

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