Este dulce no lleva almíbar - Opinión

Este dulce no lleva almíbar

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Los ideales que no se cuestionan enmohecen, se encartonan y perecen. Una Revolución debe ser una perenne interrogante. Ello sostuve recientemente en esta columna.

En aquella oportunidad habíamos saltado de la complacencia a la duda en fracciones de segundo, cuando todo nos invitaba a levitar en el éxtasis.

El consejo de dirección de nuestro diario había visitado el Instituto Politécnico Agropecuario Villena Revolución, en la capital del país. La institución nos había impresionado por su belleza, sus proyectos, sus alumnos y docentes.

Solo que aquello por lo cual brilla —dije entonces— ensombrece en otras dimensiones, donde debería proyectarse la plenitud de sus luces. Una escuela no existe para sí, sino para la sociedad. Su efectividad verdadera no se mide entre las paredes de sus aulas y laboratorios. Ella no es un fin en sí misma, sino un medio.

¿Quién dejaría de sentirse feliz porque sea capaz de formar más de 40 000 profesionales en los años de Revolución? Solo que una cifra como esa incita a más dudas que placeres: ¿Por qué una fuerza técnica tan impresionante no logró el cambio que se espera del sector agropecuario cubano? ¿Por qué tanta lucidez fue incapaz de abastecer dignamente nuestras mesas?

Aquellas meditaciones me asaltaron nuevamente mientras escuchaba la intervención de Raúl este 26 de julio en Camagüey. Este discurso, como el de Fidel el 17 de noviembre de 2005 en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, señalan que la verdad es tan corrediza como la puerta de un escaparate, y que no debemos convertir «bendiciones circunstanciales» en «dogmas celestiales».

Porque en los razonamientos de ambos líderes se juega algo más que la existencia momentánea de la Revolución. El socialismo está urgido de avanzar hacia un modelo en el que no haya espacio para el acomodamiento y la inercia que le sigue.

El pasado Día de la Rebeldía Nacional, Raúl reforzó esa concepción, al apuntar que se requiere trabajar con sentido crítico y creador, sin anquilosamiento ni esquematismos. Nunca creernos que lo que hacemos es perfecto y no volverlo a revisar.

Insistía además, que estamos en el deber de cuestionarnos cuanta cosa hacemos en busca de realizarla cada vez mejor, de transformar concepciones y métodos que fueron los apropiados en su momento, pero han sido ya superados por la propia vida, dejando solo fuera de todo cuestionamiento la voluntad de construir el socialismo.

Nuestro director tuvo el cuidado de repasar profundamente el discurso, y circuló entre nosotros las palabras que le vio como esenciales, y que, analizadas bien, deben asumirse como claves para traspasar la puerta mágica del futuro de la Revolución Cubana.

Deberíamos cuestionarnos si en cada espacio e instancia del país hemos caminado con ellas como el siervo de oro de la historieta, en capacidad de darle «brillantez y riqueza» a todo lo que tocamos a nuestro paso, y no como comodín verborreico.

Cuando en vez de repetirlas como estribillo de moda las asumamos a profundidad, florecerá el poder transformador que pudieran alcanzar esas palabras acentuadas por Raúl: valentía política, sinceridad, eficiencia, transformar concepciones y métodos, cuestionarnos cuanto hacemos, cambios estructurales y de conceptos, consolidar resultados, estudio con profundidad, enfoque integral y diferenciado, exigencia, efectividad, constancia, organización, control, serenidad, disciplina, racionalidad, sensibilidad, orden, seriedad, ahorro, previsión, valorar con profundidad, no crear falsas expectativas, sin alardes, sin desesperos, sin improvisaciones.

Solo que para darle sangre, carne y nervios, el cuerpo social de este país necesita un buen «despojo», capaz de exorcizarle sus «demonios almibarados», no sea que de tan dulce, pueda sobrevenir la «hiperglicemia».

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