La delgada fibra de la soberanía - Opinión

La delgada fibra de la soberanía

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Las palabras que nos parecían saetazos en la voz de Ryszard Kapuscinski y de Ignacio Ramonet, en otros comienzan a desgastarse, a ponerse viejas, a dejarnos en un callejón sin salida frente al aluvión tecnológico que está transformando radicalmente al emisor y al receptor, con una brecha casi irreconciliable entre quienes ya cumplieron los 50 años de edad y aquellos que viven sin contradicciones la cultura digital.

Frente a la mitad de la población mundial conectada a Internet en 2015 y de la televisión digital señoreando en medio mundo en 2010, los límites de este tipo de análisis se hacen más palpables: ¿por qué todo el mundo habla del imperialismo mediático y rara vez lo relaciona con una organización tecnológica ligada a imponer un modelo? ¿Se pueden construir espacios públicos de información mientras las transmisiones y los satélites dependen del Norte? ¿Cómo se reconvierte lo que existe hoy? Con las innovaciones de las telecomunicaciones ligadas a la industria de guerra norteamericana, ¿se puede hablar de soberanía?

Absolutamente, no. Si hay alguna revolución pendiente en el universo de la comunicación es la tecnológica, en la que con toda seguridad nos jugamos nuestro futuro. En la llamada era del acceso, gracias a las tecnologías que constituyen la base de los extraordinarios cambios de esta época, es imposible eludir la estrecha ligadura entre los soportes de comunicación e información y los artefactos militares, la investigación del espacio, el tráfico aéreo, la observación y vigilancia terrestre, la nanotecnología, la biotecnología y otras ciencias, donde los Estados Unidos tienen la hegemonía mundial y ninguna disposición a hacernos partícipes de los conocimientos que han alcanzado en estos ámbitos. Más que por pistas aéreas, los misiles viajan por pistas digitales, las mismas autopistas por donde circulan programas de radio y de televisión, noticias de los diarios y del hombre de la calle, comunicaciones telefónicas, toda suerte de transacciones financieras, ventas por catálogo, reservaciones de hoteles y boletos de viaje... No hay que ser demasiado inteligente para entender por qué el gobierno norteamericano lucha a brazo partido para mantenerse como ciberpotencia, en la misma medida en que se convierte en el primer Estado ciberterrorista de la historia de la humanidad.

Desde la noche de este domingo es ley en Estados Unidos la intervención de las llamadas telefónicas y de los correos electrónicos de los ciudadanos norteamericanos, sin una orden judicial. George W. Bush firmó alegremente el decreto que extiende las prerrogativas del ejecutivo en nombre de la «lucha contra el terrorismo», precedido de un gran debate que movilizó a organizaciones defensoras de los derechos civiles contra la medida que se veía venir. El plumazo del emperador ha legitimado finalmente lo que hasta hace dos días la Agencia de Seguridad Norteamericana (NSA), cuya jurisdicción es internacional —es decir, vigilar al resto del mundo sin ningún problema—, practicaba de manera ilegal dentro del territorio estadounidense.

James Risen, el experto del diario The New York Times que destapara en diciembre de 2005 el escándalo de las escuchas ilegales, publicó este lunes un amargo artículo, donde advierte otra vez lo que ya sabemos: los ciudadanos norteamericanos han entrado «legalmente» en el esquema de vigilancia de la administración Bush; el resto de los habitantes del planeta ya estaban hace rato incorporados al programa. Como la malla de un pescador o la de una araña, la gran red de telecomunicación se sostiene en un punto: los nodos gigantes ubicados en Estados Unidos con subsidiarias norteamericanas en Europa. Es el gobierno de Estados Unidos el que ha designado los cinco puntos fundamentales que sostienen la red Internet, todos en su territorio. Y en América Latina la dependencia es brutal: EE.UU. tiene la capacidad de espiar e intervenir el 90 por ciento de todas las llamadas telefónicas, los correos electrónicos y las trasmisiones digitales de radio y televisión que se producen en el continente, porque nadie se comunica por Internet directamente de La Habana a Venezuela, ni de Perú a Bolivia, ni de ningún otro lado sin pasar primero por el gran servidor NAP (Network Access Point), fundamentalmente por el que está ubicado en Miami.

No basta con afiliarse a Linux, como modelo de autonomía en la producción de software. Es imprescindible una política de mayor alcance para evadir el cerco: por un lado, ejecutar proyectos de telecomunicaciones supranacionales pensados a escala regional, y por otro, estimular una sociedad tecnológicamente creativa y organizada, solo alcanzable con el compromiso y el empuje de estados verdaderamente independientes. La buena noticia es que, por primera vez, esto está ocurriendo en América Latina, aunque muy pocos se hayan enterado.

Y a este punto quiero llegar. He estado en decenas de foros, talleres y congresos sobre el drama de la comunicación y la información en tiempos del neoliberalismo, y solo en la VI Cumbre Social por la Unión Latinoamericana y Caribeña, celebrada en Caracas la semana pasada, se ha trascendido el diagnóstico y la queja. Nadie, salvo un par de sitios alternativos en Cuba y España, recogieron la extraordinaria intervención del viceministro cubano de la Informática y las Comunicaciones, Alberto Rodríguez Arufe, quien presentó un boceto de lo que ya se está gestando al amparo de la Alternativa Bolivariana de las Américas: ALBATEL, la gran empresa latinoamericana para las telecomunicaciones que está en la etapa de concepción y diseño.

Que se esté previendo ahora el proyecto no significa que nuestro viceministro se haya presentado aquí con un discurso esotérico. Todo lo contrario. En agosto de 2008 estará dando vueltas en el espacio el satélite venezolano Simón Bolívar y a finales de ese año, un cable de fibra óptica enlazará el puerto de La Guaira con Siboney, en La Habana, red que tenderá puentes alternativos en las comunicaciones de la región. ALBATEL supondrá regulaciones comunes, asistencia tecnológica, intercambio libre, audacias científicas... No hará falta pasar por Miami para llamar o enviar correos electrónicos desde el Sur. No podrán meter sus narices en nuestros asuntos. No podrán convertir en una quimera la soberanía, y si eso no es noticia, que venga Dios y lo vea.

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