Los forros de Bush en el tablero de Iraq

Autor:

Juana Carrasco Martín

Si supiera jugarlo, se diría que Bush le está dando agua al dominó, pero las circunstancias le son tan adversas, que la data se le cierra, y no solo por la gente que se le va quedando en el camino. Así y todo hace sus intentos y ahora parece estar buscando los consejos que nunca escuchó cuando ordenó las guerras de Afganistán e Iraq: este viernes fue a la sala de conferencias del Pentágono que se conoce como The Tank (El Tanque) para reunirse con la cúpula militar a fin de conocer las opiniones que el generalato tiene sobre Iraq y «sin tapujos». Busca que le saquen las castañas del fuego.

¿Qué le dijeron allí? Pues nada se sabe por ahora como no sea su declaración escrita: «los estadounidenses escucharán muy pronto la valoración de la situación sobre el terreno en Iraq del embajador Crocker y el general Petraeus». Se trata de Ryan Crocker, el representante del imperio en Bagdad, y de David Petraeus, jefe máximo de las tropas ocupantes en el país mesopotámico. Así que si los jefes del Estado Mayor de cada fuerza armada —ejército, marina, fuerza aérea y marines—, el general Peter Pace, jefe del Estado Mayor Conjunto, o el secretario de Defensa, Robert Gates, disienten, sus posiciones tampoco serán muy tomadas en cuenta, aunque ellos fueron los consultados en la reunión a puerta cerrada en la que por supuesto estuvo presente el vicepresidente Dick Cheney.

En actitud de emperador, Bush añadió una advertencia a senadores y representantes, resérvense sus opiniones hasta que se les presente el informe Crocker-Petraeus porque «lo que está en juego en Iraq es demasiado y las consecuencias demasiado graves, como para permitir a los políticos que perjudiquen la misión de nuestras tropas».

En realidad no le hacía falta la «consulta», como tampoco quiere las críticas congresionales cuando el W. se ha doblado y vuelto a doblar con una sola ficha: la retirada de las tropas de Iraq no está entre sus opciones. Allí seguirá manteniendo a los más de 160 000 efectivos que no logran poner nada en orden, bajo el argumento de que sacarlos del escenario bélico sería catastrófico para Iraq, la región y la seguridad de Estados Unidos.

El general Petraeus ya adelantaba al diario The Australian su visión bushiana-optimista: el envío de refuerzos a Iraq ha reducido la violencia y la influencia de al-Qaeda, que según su experiencia se encuentra en una situación «precaria».

Habría que preguntarle no ya a los iraquíes o a los propios efectivos estadounidenses en el terreno sobre esta sentencia del general que avala el sentir del jefecillo de la Oficina Oval, sino a la delegación de congresistas estadounidenses —cuya identidad no había sido todavía revelada este viernes— que viajaba en un avión de la Fuerza Aérea Estadounidense que fue tiroteado la víspera justo al despegar del aeropuerto de Bagdad rumbo a Washington. La insurgencia no tuvo mucha puntería o fueron efectivas las maniobras del piloto para evitar los disparos, así que se salvaron por un pelo del «fuego enemigo».

Entretanto, en un escenario bien distinto, el Festival de Cine de Venecia, sobresalían los criterios-otros: dos películas estadounidenses presentaban el tema de la guerra en Iraq —en los próximos meses se estrenarán al menos ocho— a sabiendas de que esa es la principal preocupación de los norteamericanos. Una sorprendía en especial, Redacted, del conocido director Brian De Palma, que trae a la pantalla grande un crimen que casi va quedando impune si se toma en cuenta los castigos mínimos a los soldados estadounidenses ejecutores: la violación y asesinato de una niña iraquí de 14 años, Abeer Qasim Hamza al-Janabi y la masacre de su familia en Mahmudiya. El filme, decía un comentario «es una fuerte crítica del conflicto y no le ahorra a la audiencia brutalidad alguna».

Así que por más forros que Bush intente colar en el juego, la verdad llegará de un modo u otro, le cerrará y le ganará la partida.

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