Días malos para Gordon

Autor:

Luis Luque Álvarez

Justo cuando Brown se dirigía al Parlamento, miles de personas pedían en las calles la retirada total de Iraq. Foto: AP Disimuladamente, las tropas británicas van haciendo las maletas en Iraq.

Sí, sí; en su momento, Londres dijo que estaría «firme» junto a

Washington en la particular «guerra contra el terror» que se libra —¡coincidentemente!— sobre aquel mar de petróleo. Pero al primer ministro, Gordon Brown, le parece que es hora de ir tomando distancias de un Bush en calamitoso ocaso presidencial. Por ello, ayer anunció que para la primavera de 2008 solo quedarán en el sur de Iraq unos 2 500 militares, de los 5 500 destacados hoy allí.

Se hará en dos fases: en la primera, se entrenará a las tropas iraquíes —las mismas que desertan alegremente y entregan armas a la insurgencia—, y se reforzará la vigilancia de la frontera con Irán. En la segunda, se reducirán las fuerzas.

A primera vista, podría pensarse que la ocupación británica ha logrado tal nivel de seguridad, que ha hecho posible replegar soldados. En verdad el contingente se ha achicado, desde los 46 000 efectivos que llegaron con la invasión en 2003.

Pero esa es una conclusión engañosa, si se sabe que más del 90 por ciento de las acciones armadas en el sur iraquí han estado enfiladas contra los militares británicos, según el teniente coronel Patrick Sanders. Si Londres retira a más soldados del polvorín, es lógico que haya menos zipizapes y una mayor sensación de que las ovejitas pastan, los pastores silban y las abejitas hacen miel en santa paz.

Quizá reconociendo que las tropas extranjeras son por sí mismas el detonante del disgusto —el jefe del ejército, Richard Dannat, ya advirtió que los británicos se habían convertido en «el problema»— fue que en septiembre salieron los 500 efectivos que quedaban en el palacio de Basora, para irse a la zona del aeropuerto, lejos del «mundanal ruido» de las bombas de la resistencia...

Ahora, con su anuncio, Brown pretende hacer ver que escucha la voz de la gente, harta de una guerra inútil. Solo que estos no son sus días más felices en Downing Street.

Apenas una semana atrás, el premier había visitado a las tropas en Iraq, y había informado sobre el repliegue de al menos mil efectivos. Tal vez creyó que funcionaría como un golpe de efecto contra el Partido Conservador, que celebraba en ese momento su congreso y que marchaba muy atrás en las encuestas, con 11 puntos de desventaja.

Sin embargo, la tortilla —¡cataplún!— se le ha virado. Probablemente, los electores no han visto con agrado que se quisiera hacer leña del árbol caído. Y algo más: la posibilidad de convocar elecciones anticipadas —que se había barajado con insistencia en los últimos tiempos, sin que Brown hubiera puesto mucho empeño en desmentirla— fue abortada el sábado por el premier, bajo la excusa de que «quería tener más tiempo para poder exponer mi visión para el país», principalmente en cuestiones de salud, vivienda, economía y educación.

Ni al público ni a los políticos les ha hecho la menor gracia. Para el líder de los conservadores, David Cameron, el jefe del gobierno «toma a los británicos por tontos», mientras que los consultados por la firma YouGov ya otorgaron a los tories tres puntos más que al partido en el poder (41 frente a 38 por ciento).

Decididamente, la jugada le ha salido mal a un Brown que supo lidiar con la situación creada por las inundaciones del verano en Inglaterra, los dos intentos de atentado en Londres y Glasgow, y el retorno de la fiebre aftosa. Para recobrarse, procuró ayer dar buenas nuevas sobre Iraq, y mostrarle el puño nuevamente a Irán, justo el mismo día en que una renombrada institución, el Oxford Research Group, reveló en un informe que si EE.UU. y sus aliados desean derrotar a la red Al Qaeda, deben modificar de raíz su política en Iraq y Afganistán, ¡y renunciar inmediatamente a la posibilidad de un ataque contra Teherán!

En adelante, Gordon deberá pegar más el oído a la línea del tren.

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