Sangre plástica

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo
«¿Qué te corre a ti por las venas, muchacho?», solía decir mi mamá cuando de pequeño dejaba con indolencia algo sin hacer o lo hacía mal. «¡Hay que tener sangre, ¿me oíste?, sangre», remataba, a la par que emprendía ella misma las tareas incompletas.

Desde entonces, he asociado la mezcla roja de glóbulos y plaquetas con la responsabilidad mínima, con la chispa humana elemental, para actuar correctamente.

Por eso me alarmé tanto cuando leí hace algún tiempo que investigadores ingleses crearon un tipo de sangre plástica. El fluido, según aseguraban los especialistas de la universidad de Sheffield, poseía en su estructura artificial un átomo de hierro capaz de transportar oxígeno, como en la hemoglobina. Además, era más fácil de almacenar y mover que la real, pues no necesitaba de refrigeración para conservarse.

«¡¿Sangre plástica?!». Aquello me pareció un «engendro tecnológico». Consideré casi imposible que en algún momento entrara y saliera de nuestro corazón algo de la misma esencia de un pomo de refresco o una jaba Cubalse. Y me mantuve en mis trece hasta que por estos días dos escenas me han hecho reconsiderar el asunto sanguíneo.

Imagine que llega a una cafetería y la dependiente, serena e impasible, revuelve una jarra de jugo con la misma pinza de tomar los panes. Para remate, como la pinza no llega al fondo del recipiente, la muchacha introduce parte de sus dedos en el líquido que mezcla. Usted la mira boquiabierto, con una sensación entre el asco y la ira; y ella, como si nada, termina, seca con un paño la pinza y se dispone a servirle completo: pan, jugo y churre.

Imagine luego que está en un cuerpo de guardia y el doctor —que «había ido a comer», según decía una notica en la puerta—, llega, ve a alguien que lo espera retorciéndose con una crisis de epilepsia, y abre tranquilamente la consulta, se dirige a envolver dos panes en un trozo de periódico, se limpia las manos, y luego, con suaves ademanes, pregunta qué le sucede al hombre.

No tuve que imaginar esos sucesos. Después de ellos sí he pensado e imaginado mucho para sobrellevar algunas interrogantes. ¿Tienen acaso el doctor y la dependienta noción de que su trabajo, todo su trabajo, son los demás? ¿Qué condiciones laborales los estimulan o «desestimulan» a servir adecuadamente?

¿Cómo son controlados? Quienes los controlan ¿logran a la vez ser paradigmas o cometen los mismos errores? ¿Cómo alguien podría vivir ocho o diez horas diarias «para los demás», si hacen falta 28 horas para resolver los problemas propios? Preguntas, preguntas...

Desde la punta del iceberg hasta su base, hay que conservar lo viejo útil y crear lo nuevo necesario. Pero no podemos esperar a que cambie el organismo para modificar cada célula. La actitud, pan compartido de todos los días, debe ser puente y abrazo, no abismo y tortura. Es una simple cuestión de sangre.

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