Un salón para tanta fama - Opinión

Un salón para tanta fama

Autor:

Juventud Rebelde
No por recurrente el tema deja de causar estupor. Ningún espectáculo deportivo ha producido tantas alegrías al pueblo como nuestro deporte nacional.

Hasta en medio de la manigua mambisa muchos patriotas encabezados por Emilio Sabourín armonizaron la lucha contra el coloniaje español con algún que otro encuentro beisbolero.

Por cierto, el monumento erigido a Sabourín en un área donde hoy se encuentra el hospital América Arias (Maternidad de Línea) no puede ser apreciado en toda su magnitud porque lo impide la cerca perimetral.

El béisbol cubano carga el fardo de una deuda enorme con su historia, y no solo la de antaño sino también la más reciente. A fin de cuentas es la misma.

Desde 1938 Cuba ha conquistado nada menos que 25 campeonatos mundiales o copas del mundo, como se denominan en la actualidad. Los trofeos de las nueve disputadas a partir de 1984 han sido ganados por equipos cubanos.

Nuestros conjuntos dominaron en diez de las 16 copas intercontinentales. Lo mismo sucede con los últimos diez títulos en Juegos Panamericanos y ocurre algo parecido con las seis contiendas más recientes a las que hemos asistido en Juegos Centroamericanos y del Caribe.

Muchos buenos peloteros han surgido aquí durante más de cien años. Ahí están en el recuerdo los campeonatos de la Unión Atlética Amateurs de Cuba, o ligas como las de Pedro Betancourt y otras que echaron raíces en el oriente del país.

¿Cómo no mencionar los campeonatos rentados invernales, con el Habana, Almendares, Cienfuegos y Marianao, elencos con reducida presencia de jugadores del patio?

Se han celebrado 46 series nacionales a partir de la primera versión inaugurada por Fidel el 14 de enero de 1962.

Son suficientes los ejemplos que enriquecen constantemente la historia de un deporte que toca muy de cerca a la mayoría de los cubanos.

¿Dónde atrapar tanta gloria para que sea admirada por actuales y futuras generaciones?

Durante años dos placas colocadas en el estadio Latinoamericano perpetuaban la memoria de un puñado de jugadores de antaño en el llamado Salón de la Fama.

De repente aquel tesoro histórico desapareció, y ante el reclamo de la afición, las máximas autoridades del movimiento deportivo dijeron que se trabajaba firmemente para dejar creada, a la vuelta de unos meses, una institución con todas las de la ley.

Las opiniones acerca de dónde erigir la obra encaminada a recoger la historia del béisbol en Cuba estaban divididas. Unos alegaban que debía ser en el estadio matancero Palmar de Junco; otros se inclinaban por el Latinoamericano.

Lo cierto es que han transcurrido muchos años desde aquella promesa.

En este país proliferan necesarios museos de distintos sectores. Duele apreciar cómo todavía ni el deporte en general ni el béisbol en particular tienen los suyos.

Recordemos que Juan Antonio Samaranch, a la sazón presidente del Comité Olímpico Internacional, inauguró el Museo Nacional del Deporte en los altos de la entonces flamante Bolera de Plaza.

El acontecimiento tuvo lugar el 31 de julio de 1991 en ocasión de realizarse en La Habana los Juegos Panamericanos.

Desgraciadamente unos años después, debido a filtraciones en el local y otras causas, aquel recinto fue cerrado «por cierto tiempo» y desde entonces también quedaron enclaustradas medallas, trofeos, documentos e infinidad de otros objetos de alto valor patrimonial.

Un pedazo tan enjundioso de nuestra historia no merece este olvido.

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