Jorgito llega a Tierra Santa

Autor:

Luis Luque Álvarez

... Aunque a decir verdad, un tilín tarde. Ha estado siete años al frente del gobierno del país más poderoso del planeta, que de un plumazo podía haber resuelto el conflicto entre israelíes y palestinos (o mejor dicho, la ocupación militar de los primeros sobre los segundos), ¡y no ha hecho nada!

Nada bueno, quiero decir.

Ah, cierto: en abril de 2003, no más darle el zarpazo a Iraq, se le «ocurrió» aquello de la Hoja de Ruta, que debería terminar en 2005 en un arreglo final entre israelíes y palestinos.

Pero de entonces acá, ha caído más agua en el desierto de Arabia que libertad y prosperidad en las áreas palestinas. La «visión» de Jorgito quedó solo en eso, en una alucinación. ¿Esperaba el «profeta» que la paz cayera del cielo, mientras él seguía —como sigue— subvencionando la ocupación?

Hoy, acompañado de 600 agentes de seguridad propios, estará en Jerusalén, compartiendo con el gobierno del primer ministro israelí Ehud Olmert. Tal vez, si el champán no le espumea en los oídos, podrá escuchar no lejos de allí a miles de colonos ultraderechistas que irán a la Ciudad Santa a decirle que la tal peregrina idea de devolverles a los palestinos la parte oriental de la ciudad —en algún momento posterior al fin del mundo— no va con ellos, y que se puede ir por donde vino.

¡Pobre muchacho! Jamás imaginó que esos ingratos, cuyas viviendas han sido levantadas con dinero de los contribuyentes norteamericanos, reaccionarían tan ácidamente a su visita. «Cosas veredes...».

En la segunda parte de su periplo, Jorgito estará en la ciudad cisjordana de Ramala, sede de la Autoridad Nacional Palestina. Pero también arriba con retraso. Si hubiera estado allí en marzo de 2002, hubiera podido distraerse con el acucioso trabajo de las excavadoras y los artificieros del ejército israelí, que fueron destruyendo losa a losa, pared a pared, casi todos los edificios de la Muqata, donde estaba atrapado el entonces presidente Yasser Arafat.

Ahora no hay mucho ruido, y de Arafat queda su tumba, ante la que el ex primer ministro británico Tony Blair hizo solo una rocambolesca reverencia cuando estuvo allí, en diciembre de 2004, y se abstuvo del gesto elemental de colocar una corona de flores.

¿Se posará ahora el viajante en la azotea de la Muqata a bordo de un helicóptero, para evitar los mismos apuros de Tony? A fin de cuentas, sería más coherente, pues ¿para qué honrar a un hombre cuya muerte celebró? ¿Para qué una fútil cortesía, si el pueblo palestino sigue en las mismas, en buena medida, gracias a los «buenos oficios» de Washington?

Jorgito, como siempre, llega tarde. Y para nada.

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