El síndrome de la ranita hervida

Autor:

Julio Martínez Molina

Según el escritor español Manuel de Lope, al colosal problema del calentamiento del globo puede aplicársele una forma de analogía llamada el caso de la rana hervida:

«En un gran perol de agua fría se deja caer una rana. Al principio el animal examina su entorno con curiosidad. Entonces, lentamente, con la ausencia de escrúpulos de cualquier experiencia científica, empezamos a calentar el perol.

«Poco a poco —prosigue— la temperatura del agua empieza a subir. El batracio, animal de sangre fría, se adapta a la nueva temperatura. Mientras tanto, en aras de la demostración científica, continuamos calentando el perol. La rana colabora.

«No parece sentir molestias. Quizá encuentra que el agua está un poco caliente, pero continúa adaptándose. La temperatura del agua se va haciendo cada vez más alta. La rana, con una capacidad de supervivencia pasmosa, continúa tan tranquila, quizá ligeramente más nerviosa.

«Sin embargo, a partir de cierta temperatura, sus sistemas de adaptación se colapsan y entonces muere de repente, completamente cocida. Con ello hemos llegado al punto crítico que se pretende establecer con esta analogía atroz. Nosotros somos la rana. El planeta es el perol».

El Comité Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) fue establecido en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de Medio Ambiente de la ONU, con el objetivo de guiar a los encargados de crear las políticas mundiales sobre el impacto del cambio climático.

El acuerdo suscrito por los integrantes de dicho Grupo, en una de sus más recientes sesiones en Bangkok, reclama reducir entre un 50 y un 85 por ciento las emisiones de gases contaminantes antes del año 2050, así como la quema de combustibles fósiles.

A fin de no toparnos en la Tierra con un horizonte horripilante, el IPCC exhortó al uso de energías eólica, solar, e incluso la nuclear. Y abogó por expandir las formas de transporte no motorizado; además de la mayor utilización de energías renovables.

El elemento más divulgado del documento fue su aseveración de que «adoptar medidas para combatir el cambio climático costaría desde apenas un 0,2 hasta el tres por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) mundial, dependiendo del escenario que se busque».

Según acotaba un artículo especializado aparecido en el periódico La Vanguardia, «mantener el actual nivel de concentración de partículas de dióxido de carbono costará cerca del tres por ciento del PIB», viéndolo de aquí a 2030.

En la actualidad, señala el material del rotativo catalán, el nivel se sitúa en torno a 445 partículas de CO2 por millón; y según los expertos de las 150 naciones reunidas, evitar que suba pudiera impedir el ascenso de la temperatura en dos grados centígrados.

El documento del IPCC agrega que, «en otro escenario, el de mantener el nivel de concentración entre 535 y 590 partículas por millón, el costo sería de entre el 0,2 y el 2,5 por ciento del Producto Interno Bruto mundial».

Las naciones europeas, de forma preliminar, se fijaron el tope de mantener la concentración en torno al nivel de 530 partículas de CO2 por millón.

Estados Unidos, por plantilla y al estilo Kyoto, hizo notoria resistencia a que el IPCC recomiende la estabilización en un límite bajo de la concentración de partículas de CO2.

Ante el sinsentido y la desvergüenza para con la seguridad de la especie del gobierno del país más contaminador del planeta, el mundo en pleno deberá responder de una vez.

Sería la única forma en que, quienes recojan nuestro apellido, no revienten como la ranita del dichoso perol.

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