Gorki en La Habana

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

He apurado los asuntos domésticos porque tengo una cita urgente, previamente conciliada e impostergable. Quería terminar pronto para sentarme a leer un libro que reposa sobre mi mesa de noche y del cual he leído bastante más allá de sus primeras páginas, anticipo de un mundo y de personajes que parecen estar más vivos que algunos de carne y hueso de los cuales apenas conozco sus nombres.

Pensaba en la lectura y en lo que me han proporcionado los libros, mientras mis manos iban de un lado a otro poniendo orden y mi hija revoloteaba intentando alargar el domingo con su música y sus planes para las vacaciones que acaban de comenzar. Dejé El guardián en el trigal, de Salinger, sobre su cama y le dije que es una relación de vida la que terminamos teniendo con los libros y que aún cuando ella y sus amiguitos son más devotos de la multimedia que de la palabra impresa, nada sustituye la emoción particular del lector que descubre al mundo más allá de la puerta de su casa y se acerca a lo desconocido, a las situaciones difíciles y a la aventura como un auténtico buscador de tesoros.

«Si un hombre es lo suficientemente grande para aprender de los libros, puede soportar sus puntos frágiles», nos dice el escritor argentino Ernesto Sabato. En los libros se puede descubrir lo que merece ser amado, explorado, visitado. Algunos consuelan en el infortunio, nos preparan tanto para las alegrías como para las penas, nos permiten adquirir una de las más valiosas fuentes de energías: la comprensión de los seres humanos, la visión interna de sus motivaciones. Solo leyendo se adquiere poder para construirles nuevas vidas a algunos personajes que nos emocionaron tanto que aún nos acompañan.

Esta mañana, por ejemplo, me pareció ver a Pelagia, la protagonista de La Madre, de Gorki, en el parque de la calle Paseo, en el Vedado. Venía caminando y conversando animadamente con una muchacha que era obviamente su hija, mientras un niño, su nieto, iba unos pasos por delante. Hacía un calor y un sol endemoniados y los tres llevaban ropas ligeras, sin mangas. Reparé entonces en que la señora tenía el brazo y la mano derecha deformados por las profundas marcas que deja el fuego en la piel. La joven llevaba las mismas cicatrices, pero en una proporción muchísimo menor. No hacía falta saber cómo ocurrió el terrible accidente para adivinar que la madre había sido abrasada con mayor intensidad por las llamas porque trató de proteger a su hija.

«No se puede matar un alma resucitada», recordé a Pelagia, que de la novela saltó a una mañana de 2008 en un punto cualquiera que mira al Atlántico desde esta Isla. Era obvio que aquellas dos mujeres desconocidas, que se cuidaban una a la otra para cruzar la calle y se miraban con intenso cariño, habían resucitado con una relación más sólida que la que tuvieron antes de haber vivido juntas una historia tan dramática en lo personal como la de los personajes de Gorki.

¿Cómo se puede vivir hoy sin la lectura? No sé. Yo no podría, y confieso que ahora mismo doy punto final a esta nota porque desde el horizonte de mi mesa de trabajo veo, en un rincón, ese pequeño refugio íntimo y placentero, ese libro que me espera y al que puedo llegar con el gesto simple de una mano extendida.

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