Sinsabores de la corrección

Autor:

Juan Morales Agüero

Durante más de ocho años escribí cada viernes en el semanario provincial tunero 26 una sección fija llamada Variedades que, por la naturaleza de su contenido, contó desde su primera salida con la simpatía de los lectores. Así lo confirmaban periódicamente a través de cartas, correos electrónicos y llamadas telefónicas.

Cierto día, en busca de segmentos nuevos, se me ocurrió publicar unas breves referencias acerca de lugares célebres del mundo. Así, fueron apareciendo cada semana, entre otros, las Pirámides de Egipto, la Torre de Pisa, el Big Ben de Londres, el Eurotúnel bajo el Canal de la Mancha y... el Carillón del Kremlin.

El viernes en que salió a la calle la reseña sobre el carillón —así, con una sola r—, los teléfonos del semanario comenzaron a sonar con insistencia desde bien temprano. ¿Motivos? Algunos lectores, al tanto del célebre reloj moscovita y de la ortografía de su nombre, me impugnaban haberlo escrito con dos r.

Busqué presuroso un ejemplar del periódico. Y —¡madre mía!— allí estaba la nota que les daba la razón a mis inquisidores. Aparecía carillón impreso con doble r no una vez, sino... ¡tres veces! He leído que ese reloj tiene un peso de 25 toneladas. Bueno, a mí me pareció que toda esa descomunal mole me había caído encima.

Mi primera reacción fue buscar los originales. Di con ellos y comprobé que lo había escrito correctamente, así, carillón, con una sola r. Entonces me dije «ahh, no, esto es cosa de los correctores». Y ni corto ni perezoso entré como un bólido en la oficina de Pancho Valdés, el corrector a cargo de la página.

«Oye, Pancho —le espeté tan pronto lo tuve frente a mí— ¿De dónde rayos sacaste tú que la palabra carillón se escribe carrillón, así, con doble r? Acabo de confrontar los originales y resulta que allí está bien. El disparate no lo puede haber cometido otro que tú. Así que libérame de responsabilidades y admítelo...»

Con su flema característica, y sin dignarse a mirarme, Pancho tomó con toda su calma el periódico, lo abrió y paseó su mirada por la sección. «Pues sí —dijo transcurridos unos segundos— el error fue mío. La palabra me pareció mal escrita y le agregué otra r. Ahora ya sé que se escribe con una. Yo solo quise corregirla...»

Y ahí fue cuando Elmer Almaguer, formatista del semanario que se encontraba presente, notorio por su agilidad mental y cuerda humorística, le soltó a Valdés en buen cubano aquella coletilla certera y comiquísima, acerca de la cual pido excusas a los lectores si acaso hiere alguna sensibilidad. Le dijo Elmer:

«O sea, Valdés, que si no te entiendo mal, tú quisiste corregirla, pero en realidad lo que hiciste fue cagarla...»

Y, ante la sinonimia plebeya y venida al caso, el edificio donde radica el periódico casi se desploma de tanta carcajada.

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