El viaje final - Opinión

El viaje final

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Al pairo, náufrago en la soledad del viaje final. La imagen sobrecoge por su fuerza emblemática. El derretimiento de toda posibilidad de sobrevivencia es solo la punta del iceberg del holocausto ecológico que se registra día por día en el Ártico. Es el grito —ya casi un rugido de la sensatez— contra el deshielo de los casquetes polares, a cuenta de ese calentamiento global que no cree en nada ni en nadie; ese horno en que el hombre, con su avance tecnológico e industrial sin miramientos, ha convertido a la atmósfera.

Con 40 000 años de blancas andanzas por el Polo Norte, el oso polar apenas exhibe hoy una población de 25 000 ejemplares. Recientemente se le otorgó la apocalíptica distinción de especie amenazada de extinción, por parte de la Unión Mundial para la Conservación de la Naturaleza. Y los pronósticos apuntan a que en el 2050 solo quedaría un tercio de esa ya de por sí exigua dotación, desperdigada por los agónicos glaciales que comprenden el norte de Canadá, Rusia y Alaska.

El asunto es que, en nombre de la civilización, le están desapareciendo al oso polar el hábitat, como si mañana a los seres humanos nos derribaran la casa y nos cortaran el agua y la luz, más el alimento para poder vivir. La capa de hielo del Ártico se reduce en un nueve por ciento cada década, y podría desaparecer a mediados de siglo. Esos grandes témpanos, que tradicionalmente les han permitido trasladarse a cazar focas y otros manjares de su cadena alimentaria, están convirtiéndose en frappé ártico.

Los osos polares se ven precisados a nadar mayores distancias de lo permitido por su naturaleza para obtener el trofeo de caza, y retornan a tierra firme mucho más débiles. Según estudios del Fondo Mundial para la Naturaleza, por cada semana de adelanto en el deshielo cíclico de cada verano polar, esas criaturas retornan a sus refugios en tierra firme con diez kilogramos menos de peso.

Así, en forzosas migraciones solitarias sobre pequeños fragmentos de hielo, van hacia su propio final. Unos mueren en esos viajes a ningún sitio, y luego en reconocimientos aéreos se les descubre flotando inertes en las aguas. Otros le han tocado la puerta a la civilización humana, en territorios más bajos, habitados por el hombre. Y ha sido igual de fatídico.

Islandia (Iceland), la Tierra del Hielo que también va desnudándose de blancuras, se ha visto sorprendida varias veces por esos viajeros «suicidas». Y ante la posibilidad de ataques a los humanos, estos últimos han derribado a tiros a esas criaturas, en nombre de la civilización que no ha sabido preservar durante siglos los equilibrios de la Naturaleza.

Lo peor es que, aún con todos los alertas ecológicos, muchos científicos consideran que el dióxido de carbono y otros gases contaminantes que flotan en la atmósfera y producen el efecto invernadero no se van a reducir en las próximas décadas. Y aunque ello sucediera virtualmente, al menos entre 20 y 40 años sufriremos esas emanaciones.

Como van las cosas y los deshielos, la imagen que desató estas líneas bien pudiera derivar en arranques de nostalgia para los terrícolas, quienes hablarán de osos polares como de dinosaurios... Si hay terrícolas para entonces.

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