Sangría al compás de los pesos

Autor:

Nelson García Santos

Los revendedores pululan más por la componenda, entre comerciantes estatales y particulares, que por la mismísima escasez. A esta se le echa la culpa de muchísimos fenómenos para justificar la asombrosa inercia de dejar hacer y deshacer.

¿En qué documento oficial se autoriza a las unidades minoristas a que asuman ventas mayoristas? Obvio que en ninguno, por la sencilla razón de que no resulta su función comercial.

Los que agazapados o a viva voz amparan a los revendedores suelen decir que nadie acabará con ellos hasta que llegue el día de la añorada abundancia. Y de esta forma glorifican al negociante, le otorgan el visto bueno y, de paso, culpan al Estado por la escasez.

Se ha arraigado tanto el concepto, que una mayoría piensa que realmente todos los problemas de nuestro variable mercado lo sustenta el deficiente abastecimiento; pero esta es una verdad solo a medias.

Porque precisamente el revendedor constituye un desestabilizador del mercado, especializado en acaparar aquellos productos más o menos deficitarios, acopiados en los mercados o antes de que lleguen a estos últimos, para venderlos a mayor precio.

Están apostados en casi todos los comercios, incluidas las tiendas recaudadoras de divisas y son hasta adivinos. Siempre tienen copadas las colas cuando hay rebajas. Obvio que alguien le pasa la seña.

En realidad los revendedores existen, más allá de cualquier escasez, por obra y gracia del negocio y el descontrol. Tienen sus contactos y la constante sangría de las mercancías se mueve al compás de los pesos por delante del mostrador o por la trastienda.

Cómo es posible vender a una sola persona cantidades de mercancías que resultan imposibles que puedan ser para él o su familia. Además de que al hacerlo repetidas veces descubren el destino de su acopio.

A la administración corresponde hacer mermar la escasez asumiendo sus prerrogativas, entre las que figuran evitar que se concreten esas ventas al por mayor.

Hace unos días, ante el señalamiento crítico de que en una unidad de gastronomía de Santa Clara se vendían los refrescos a sobreprecio, la respuesta fue que quienes los vendían eran ilegales. Estaban con un carrito de venta móvil, se aclaró, y hubo una confesión pasmosa: los refrescos se acabaron rápidamente porque fueron comprados por los revendedores a la unidad gastronómica. Y si los conocen, como admiten, ¿para qué se los venden por grandes cantidades? Esto huele raro, rarísimo.

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