Y «los americanos» llegaron…

Autor:

Luis Luque Álvarez

«Esto lo arreglan los americanos o no lo arregla nadie». Fue eso lo que dice haber escuchado el corresponsal del diario español El País en Puerto Príncipe, capital mundial del escombro y el lamento en estos días de enero. Hay hambre. Sed. Nervios por los que están sepultados, y por la propia supervivencia.

Según el periodista español, hay un no-se-qué de esperanza en «los americanos», aunque no parece que haya efectuado un sondeo entre la población haitiana que ampare haber escrito la frase —si es que alguien la pronunció realmente— con un aire de admiración…

Si los «americanos» son la solución, el «arreglo», ¿dónde estuvieron durante los últimos… mmm… 200 años? ¿Qué huella arqueológica dejaron sus médicos allí, sus maestros…? ¿Qué relucientes estructuras constructivas y magníficos edificios de viviendas son los que, erigidos por la mano generosa de Washington, se han pulverizado?

Se pudiera preguntar asimismo cómo los presuntos responsables de enderezar a un país entero —en el que intervinieron muchísimas veces, como un cirujano torpe que abre y reabre la misma herida— auparon tanto tiempo a sujetos de la talla de los Duvalier, que lo torcieron hasta la mendicidad, amparados en la garra del Tonton Macoutes con su rastro de 150 000 muertos.

Tampoco se entiende qué orden es el que «los americanos» hacen efectivo, cuando lo mismo Brasil que Francia han criticado su manejo del aeropuerto de Puerto Príncipe, en el que se amontona la ayuda internacional mientras estómagos y llagas permanecen desabrigados. Ni cómo es posible que, con sus helicópteros caídos del cielo sobre el césped del Palacio Presidencial, con sus marines patrullando, a solo cuatro cuadras haya tumultos, saqueos…

«Es una ocupación. El Palacio es el país, representa nuestro poder; es nuestro rostro, nuestro orgullo», critica un transeúnte citado por AFP. «No los he visto distribuyendo comida en el centro de la ciudad, donde la gente necesita urgentemente agua, alimentos y medicamentos. Esto se parece más a una ocupación», lanza un estudiante.

Y en efecto: si tiene bigotes, cuatro patas y maúlla, es un gato. Ahora habrá que ver si el felino es capaz de poner orden en la casa. Por ahí andan, escapados, Iraq y Afganistán. Que los esperanzados —incluido el corresponsal de El País— les pregunten a ellos…

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