Honduras: final que no es final

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Con los altos mandos militares perdonados, el día antes, por la «justicia»; recién promulgada la amnistía para todos los que violaron la ley y la vida como protagonistas del golpe, y con Manuel Zelaya terminando su mandato camino a República Dominicana, Porfirio Lobo asumió, seguramente aliviado, el mando de un país donde la cuestionada institucionalidad sigue bregando por demostrar que la vida «se normaliza».

Solo la tenaz presencia en las calles de la Resistencia para saludar —y «no despedir» a Zelaya, advirtió el líder campesino Rafael Alegría—, puso en entredicho la aseveración lanzada por el hombre que, al recibir la banda, ejecutó el acto final para que el artero golpe infligido al pueblo de Honduras, acabara de componerse la cara. «Estamos saliendo de la crisis», había afirmado Porfirio Lobo, poco más o menos, en la ceremonia de toma de posesión...

Sin embargo, tal aseveración también era desmentida por esa indiferencia del hombre común que, narraron algunos despachos, precedió a la investidura: un presunto «desentendimiento» que podría estar expresando, por el contrario, la frustración ante un rompimiento constitucional que legaliza esta presidencia, asumida —por más que el nuevo ejecutivo quiera alejarse de él— bajo el paraguas del golpismo…

Observadores comentaron que fue iniciativa de Lobo la gestión para conceder a Zelaya el salvoconducto que le permitió viajar a Dominicana, lo que hizo en condición de huésped ilustre gracias, primordialmente, a la anuencia de su presidente, Leonel Fernández; posiblemente, esa fuera la única razón que explicara la presencia del dignatario quisqueyano en una asunción matizada por la escasa presencia de jefes de Estado de la región y del mundo. Ese, el no reconocimiento internacional, es uno de los baldones más pesados de los que deberá zafarse el recién jurado titular hondureño, heredero —lo quiera o no—, de las sanciones impuestas al régimen que lo dio a luz.

Pero Lobo recordó los avatares sufridos por Honduras —y sus ataduras futuras—, cuando reconoció a la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton: promotora de la salida negociada en la que confió el presidente depuesto y que trajo las cosas hasta aquí, sin retrotraer la asonada. Aunque el nuevo mandatario ha prometido instaurar una Comisión de la Verdad, por el momento los autores del golpe quedan libres, sin polvo ni paja.

Junto a sus presumibles deseos de alejarse de estos y asumir una nación reconciliada, la reiterada presencia de los enviados del Departamento de Estado en Tegucigalpa, debió influir en los pasos que han caracterizado la llamada transición. Un tránsito doloroso para el títere Micheletti, quien se fue unos días antes del Palacio evidentemente molesto, a pesar de que concluye su «misión» portando el inmerecido cargo de senador vitalicio. El mismo que se agenció Pinochet.

Pero, desconociendo sus gruñidos, orea la situación hondureña, por ejemplo, la conformación de un gobierno que puede llamarse de unidad nacional porque en él tienen cartera representantes de diferentes sectores y partidos, incluyendo a agrupaciones minoritarias como Unificación Democrática. Su aspirante presidencial, César Ham, quien durante meses estuvo junto a la Resistencia, ha sido nombrado director del Instituto Nacional Agrario.

Sin embargo, ha sido esta una reconciliación a empujones y a posteriori que dejó al margen a Zelaya y a sus leales seguidores del Partido Liberal y de los movimientos sociales. Ellos no defendieron solo su figura, sino el proceso de justicia social y la postura a favor de esa integración que la derecha continental quiso advertir, castigando a un hacendado honesto con vocación nacionalista.

Detrás del fuerte cordón militar que otra vez rodeó el aeropuerto de Toncontín este miércoles, las masas que llegaron desde lejos para vitorear al hombre que iba a bordo del avión, anunciaban algo que no estaba en sus consignas, ni escrito en carteles. Todavía no está escrito el epílogo en Honduras.

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