Niña

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Algún día, si las memorias digitales no naufragan, Elena volverá a ver con sorpresa su rostro inocente sobre los hombros de una multitud. Tal vez se ría, como reía de niña, y ya ni recuerde lo que le dijo al periodista cuando este le preguntó el nombre de su muñeco de brazos: «Se llama Alejandro. Es chiquito».

Ay, Chiquita, con su chiquito, entre tanta gente, asiendo como una crin el cabello de su padre; viviendo una fiesta «extraña» en la que caminar y caminar y apretarse con muchos era el regocijo inmenso.

Quizá se le pierdan en el pasado detalles como el de aquellos estudiantes colombianos que a unos metros de ella armaban con un solo tambor una conga, y subían estribillos pegajosos cantidá: «Qué monada, qué monada de Europa que no hace nada»; «cervecita, cervecita, pa’ la conga. Se necesita».

Es posible que no precise el año porque ya entonces habrán sido tantos. Y en todos, como en aquel, las imágenes formarán un tejido de instantes irrepetibles donde ella, seguramente, estuvo...

«Cuando yo era niño, me moría por venir a un desfile», dice mi amigo Abel, con su melena rebelde de agudo profesor. Cerquita de nosotros dos muchachas sonríen al sorprenderse mutuamente apuntadas con una camarita. Y hay más profes, y estudiantes, y un veterano que salió con sus medallas, y otro que no pudo sostener la respiración y se sentó en un banco a ver pasar el río.

Paseo es más que paseo, en esta larga gigantografía humana que palpita y nos lleva. Paseo es más que una calle, una vena que se contrae de sanguínea alegría y luego relaja los brazos como nadando hacia la Plaza.

Qué mística esta de reunirnos cada año, igual pero diferente, para madrugar custodiando una avenida, desbordarla luego e irnos a casa con el feliz cansancio de habernos visto. Qué visión de la Isla en una rústica pancarta, una farola de carnaval o en el chiste picante de quien ama sin fanatismos.

¿Dónde el puente misterioso entre la mulata que vende maní, el turista que no entiende a estos cubanos pero se contagia con la «influenza» de su gozadera y el barrendero que limpia callado el polvo de la muchedumbre?

Qué oculta fe la de aquella señora antigua, con la cabellera aún negra, que venía contracorriente recogiendo las banderitas que se caían, como para que nadie jamás pisara, ni por error, los colores sagrados.

Elena guardará la foto. Porque aun si los archivos tecnológicos fallaran, en la voz de su papá, que ella legará a sus propios hijos, quedarán a salvo los fulgores de aquel primerísimo día de Mayo: este hoy, que ya mañana, tendrá aires de siempre.

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