Clegg tiene la llave

Autor:

Luis Luque Álvarez

Dice un refrán que «cuando veas las barbas de tu vecino arder…», pues ya se sabe lo que hay que hacer. Y de las barbas de los griegos, miembros de la zona euro, se escapa un humo negruzco. Desde Gran Bretaña la gente observa el drama y llega a la conclusión de que «mientras más lejos del euro, ¡mejor!». Por ello, cualquier político que hoy levante bandera por «más Europa», puede esperar una mueca de incredulidad…

Y es lo que le ocurrió al Partido Liberal-Demócrata en las elecciones del jueves. Su líder, Nick Clegg, defensor de adoptar el euro y abandonar la libra esterlina, había brillado en los debates frente al primer ministro laborista, Gordon Brown, y el jefe de los conservadores, David Cameron. Las encuestas auguraban que los de Clegg, favorecidos por las nuevas simpatías y el cansancio con los dos grandes partidos, coparían más escaños en el Parlamento de Westminster, ¡pero incluso perdieron cinco asientos!

Es lo que digo: el producto «Unión Europea» no vende bien en estos días de «FMI al rescate de Grecia». ¡Ah!, pero cosa curiosa: pese al retroceso, los liberal-demócratas tienen la llave del futuro gobierno, ¿qué les parece? Y ahora reciben los piropos de las dos fuerzas mayores…

En la Cámara de los Comunes hay 650 asientos. Según se dio a conocer este viernes, los conservadores obtuvieron 306, y 258 los laboristas. Para poder gobernar cómodamente, se necesitan 326. ¿Dónde pescar los que faltan? Pues en el río de los liberal-demócratas, que cosecharon 57 escaños.

Según la ley británica, si ningún partido alcanza la mayoría absoluta, el gobierno saliente (el de Brown en este caso) tiene derecho a intentar formar una coalición. Si no lo logra, será el turno del otro partido más votado (los conservadores). Por tanto, los laboristas, que no quieren apearse del caballo, ya coquetean con los liberales-demócratas y anuncian que promoverán una reforma electoral. ¡Justo lo que pide Clegg!, pues el actual método perjudica a los partidos menores, que ven cómo no les son contados los votos cuando sus candidatos quedan terceros o cuartos en sus distritos.

La reforma sería para Clegg una buena razón para comer pan con los laboristas, solo que, como consecuencia, se colocaría muy cerca de la diana donde han puesto a Brown los que le profesan antipatía. Y no son pocos los que, dada la impopularidad del Primer Ministro, tienen un tomate maduro en la mano…

Por otra parte, sorprende que el líder liberal-demócrata, pese a la situación de estancamiento que podría sobrevenir en el Parlamento, diga que a los conservadores les toca formar gobierno porque tienen más diputados. ¿Y con quiénes lo formarán? ¿Podrán hacerlo acaso con los correligionarios de Clegg? Que se sepa, el conservador Cameron, buen amigo de la «ley del embudo» (lo ancho para mí, lo estrecho para ti), ha dicho no tener intención de acometer la reforma electoral, pues no le causa particular alegría tener que cambiar unas reglas que le aseguran buenos réditos.

No obstante, no asombrarse, porque con tal de agarrar y mantener el cetro, los políticos hacen cualquier cosa, como mismo Roma negoció con aquellos que llamaba bárbaros para tratar de preservar el imperio. Cameron, quien prometió incluso someter a referéndum toda eventual cesión de poderes a la Unión Europea, ahora dice que presentará una oferta generosa (incluidos algunos ministerios) a los liberal-demócratas —¡¿a los simpatizantes del euro?!— para poder formar una coalición gobernante.

No veo además cómo, si Clegg le da el «sí, quiero» a los conservadores, podrá guiarse por los «principios de justicia social» que dice querer resguardar, pues sus potenciales socios ya lo advirtieron: vienen chapeando bajito en el presupuesto.

Es, en fin, gracioso que la tercera fuerza política tenga en sus manos la posibilidad de modificar el rumbo político del país. Este sábado, enterados de su privilegiada posición, los liberal-demócratas se sentaran a considerar propuestas…

Mientras, toda Gran Bretaña está a la espera. Esperan Brown y Cameron, a ver cuál de ellos será el socio escogido por Clegg; espera la Reina Isabel II, ante la cual debe presentarse el candidato a Primer Ministro para recibir de ella el encargo de formar gobierno, y miles de electores furiosos esperan… ¡que se les haga justicia!, porque ciertas irregularidades en varios colegios les impidieron votar (no es la Florida, ni estamos en el año 2000, ¡pero mira tú qué coincidencia…!).

Ahora, que hable Clegg.

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