Modestia aparte

Autor:

Osviel Castro Medel

«Quería comentarles —modestia aparte— que mi libro sobre la generación de calor a partir de las molestias que uno coge en ciertas entidades que prestan servicios a la población se ha traducido a varios idiomas, como el patuá, y es sin duda el mejor texto escrito en todo el Hemisferio Occidental».

«Mi trabajo de Maestría sobre los calenticos y licras en tiempo de carnavales y el uso de gafas oscuras por la noche constituye —modestia aparte— un material de permanente consulta para los estudiosos del tema».

«Yo hice una investigación titulada ¿A dónde fue a parar la pechuga del pollo?, que —modestia aparte— aborda aspectos jamás tratados en la historia de la humanidad».

La pequeña frase o coletilla parece estar de moda. Así anda en ejemplos más terrenales, regada por ahí, haciéndose viento. Quizá sea porque, entre dientes, no incomoda. O tal vez sea porque es tan sencilla como la desaparecida galleta de soda.

Intento escribirlo en rima para pasar de la sonrisa a la meditación seria, al juicio crítico que me lleva a afirmar que en la susodicha expresión puede esconderse una gran dosis de cinismo y una justificación al cultivo excesivo del ego.

Con «modestia aparte» unos cuantos han encontrado el camino para autollamarse caperucitas siendo lobos, y varios hallaron el camuflaje para la autosuficiencia «en tiempo real».

Y ya se ha hecho tan rutinaria que en determinados auditorios genera sonrisas y gestos de aprobación, y las consiguientes alabanzas: ¡Qué grande y qué modesto! Debería ser a la inversa: Tan insignificante y engreído.

Claro, no se trata de tirarle piedras a una locución cualquiera ni de hacerle mítines de repudio, tampoco de efectuar una urgente reunión para analizarla desde el punto de vista semántico.

El trasfondo de «modestia aparte» tiene que ver con una actitud ante la vida, aquella que asesina precisamente a la modestia y que está esparcida en miles de palabras y gestos de otro tipo, esos ligados a la búsqueda de un reconocimiento a ultranza.

Antes, en tiempos de debates sobre valores descalabrados, parecían menos las escenas de presuntuosos y fanfarrones, aunque los hubo en toda época. Pero era menos común que alguien, por ejemplo, como he visto en estos días, se acercara a la ventana de la televisión o de otro medio porque creía reunir los méritos suficientes para merecer un homenaje. O que reclamara ante los pergaminos otorgados a otros: ¿Por qué a mí no?

Por eso, en una nación como esta, cuya cabecera debiera ser el grano de maíz del que nos habló Martí, la discusión sobre valores que fulminen la vanidad nunca debería acabar. Por supuesto, sin encumbrar falsas modestias, tan dañinas como la autosuficiencia misma.

Con él deberíamos andar siempre, con su apotegma que subraya: «Las cosas buenas se deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a uno pasar». Y jamás con la modestia aparte.

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