Un brindis por la plenitud - Opinión

Un brindis por la plenitud

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Sentado en el elegante Piano Bar de la ciudad de Las Tunas, navegando en la penumbra entre corcheas y semifusas —ah, Contigo en la distancia—; supongo que sitio tan exquisito lo envidiaría hasta el mismísimo negro Sam, ese tecladista generoso que seguirá consolando desde As time goes by a una nostálgica Ingrid Bergman, en el filme Casablanca.

En el Piano Bar que no imaginó el patricio tunero Vicente García, muy cerca de su casa hoy museo, todo pedido es en pesos, sin adjetivos convertibles. Solo una pareja en susurros, en una mesa distante, comparte el soliloquio sentimental del pianista. A unos metros, una hamburguesera oferta decentemente diversos surtidos, que no Mac Donald, pero respetuosos del cliente. Y en otro confín de la ciudad, en una pista abierta y democrática, una sudorosa muchedumbre juvenil se enerva… más y más.

Un reciente viaje por esa y otras ciudades orientales del país, me hizo sellar por unos días la mochila de las insatisfacciones por el aburrimiento, con esas y otras evidencias del vivir y el gozar, tanto para comer y beber como para saciar esa sed más exclusiva del espíritu.

Son finezas y diversidades que en nada recuerdan al burdo divertimento de potrero al cual algunos creen reducir el socialismo (¿Verdad, Che?). Son pequeñas y locales victorias de la belleza y la plenitud, a contracorriente de los conformismos e inercias que siempre se escudan en las menesterosas condiciones financieras y materiales del país, cuando se habla de recreación (¿Cuándo si no?). Son iniciativas territoriales, con algún apoyo de recursos quizá, pero sobre todo con la solvencia de una moneda más importante: la de la creatividad, que tan depreciada está en muchos sitios.

Cuando ante la premura de muchos, se pide cautela y tiempo para no fracasar en los cambios y transformaciones que urgen a la sociedad cubana, uno viene de esos sitios y repara en que, también en este plano de los servicios, hay dos Cubas en pugna:

Una, ya ajada, a la sombra de limitaciones de recursos y de atavismos y prohibiciones estructurales y funcionales de la economía y la sociedad, que no mueve ni una pestaña y se justifica en sus mediocridades.

Y la otra, de la cual percibí ciertos atisbos en ese viaje por provincias orientales, es la rebeldía de quienes no están esperando a que Cuba cambie todo lo que tenga que ser cambiado, para generar, incluso en estructuras tradicionales del Estado, la devoción al prójimo, que no solo se resume en una mesa de operaciones o en un aula. La gente necesita alegrarse y relajar para ser.

Está claro que la muy difícil situación financiera y económica del país, en un contexto de crisis global, limita muchos sueños. Pero la vida va demostrando que el ámbito del esparcimiento —ni siquiera reverdecido cualitativamente por vestirse de verde en los circuitos en divisa— decide también los estados de ánimo y la disposición de la gente. La alegría y la plenitud también son un asunto eminentemente político.

Sea por lo que fuere, ya la cultura ha abierto hace rato una brecha sublime en el gozo y el contento. Pero el cubano aguarda por otras apoyaturas de la mesa, la libación digna, la pista y el ensueño incluso de la vida nocturna.

Urgen cambios dinamizadores; pero también hacen falta eusebios, leales, que alegren y diversifiquen con responsabilidad y potestades, ese tiempo nuestro que desborda los deberes y las tensiones. La vida también es un brindis por la plenitud.

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