¡Se salvó el Vanguard!

Autor:

Luis Luque Álvarez

Un submarino patrulla las profundidades del Atlántico. Otea acá y acullá, mientras algún que otro tiburón prefiere apartarse de la ruta de la mole metálica, que carga hasta 16 misiles intercontinentales Trident, portadores, en total, de 48 ojivas nucleares.

En Gran Bretaña, país al que pertenece el submarino, los ciudadanos caminan deprisa, y preocupados por la situación económica, calculan, pronostican, esperan… El primer ministro conservador, David Cameron, ha hecho saber que habrá recortes dolorosos en el gasto público para rebajar el déficit y empezar a pagar por lo menos los intereses de la deuda (estimados en 70 000 millones de libras esterlinas). Todo el mundo sabe —así se ha anunciado— que le tocará su cuota de sacrificio.

Entretanto, el sumergible —que puede ser el Vanguard, el Victorious, el Vigilant o el Vengeance, según el que esté «de guardia»—, al desplazarse silencioso por el abismo, les recuerda a los habitantes de la parte sólida del planeta que la pesadilla de Hiroshima puede sonar a cuento de hadas, comparada con la capacidad destructiva que él lleva consigo, equivalente en poder de destrucción a 384 bombas como la arrojada en la ciudad japonesa (ojo: si a algún pescador se le traba el anzuelo en el Vanguard, le sugiero que corte el cordel y se aleje presurosamente).

Si se acaban los misiles, la nave puede llegarse un momentito a Georgia, EE.UU., y buscar dos o tres más, de los 70 de reserva con que cuenta allí por un convenio con Washington (por supuesto, eso solo sería posible si, una vez que se hubieran arrojado tantas bombas, quedara en este planeta algún lugar llamado Georgia, o incluso algo de planeta).

Claro, que ningún aparato creado por el ser humano dura para siempre, y el sistema de «disuasión» nuclear británico no escapa a esa realidad. Los cuatro submarinos, y los misiles Trident (fabricados en EE.UU., y con alcance de 7 400 kilómetros), son los componentes de ese esquema, pero caducan en 2024. Hay que ponerse al día entonces, y gastar dinero en mejorar su tecnología. Ello supone 20 000 millones de libras esterlinas, y Cameron no piensa ahorrárselas.

Es de lo otro, de lo que le sacará al bolsillo de los ciudadanos comunes (opuestos en un 70 por ciento a la renovación del Trident), de lo que se piensa que Downing Street número 10 (residencia del Primer Ministro) echará en el cochinito. Un análisis en BBC se aventura en posibles tijeretazos. ¿Recortar los beneficios sociales? Se ahorrarían 15 000 millones de libras en tres años, pero los pobres y los más vulnerables se verían perjudicados. ¿Congelar los salarios del sector público? Serían 18 000 millones de libras menos en dos años, pero se afectaría el consumo, y la industria no lo agradecería. ¿Quitarles a los gobiernos locales servicios como las bibliotecas y otros sitios de recreación? Por ahí saldrían otros millones, pero se generaría una pérdida de empleos y se afectaría la calidad de esos servicios.

Sea lo que fuere, las 20 000 millones de libras esterlinas destinadas al programa armamentístico nuclear se quedarán tranquilitas. Y lo curioso, y triste, es que se trata de un dinero literalmente… ¡desperdiciado!

Sí, porque, además de haber constatado que para combatir el terrorismo no vale de nada poseer un arsenal de misiles atómicos —¿acaso se pudo castigar a alguien con uno, tras los atentados de Londres en julio de 2005?—, tampoco servirá para «ganar» una guerra contra una eventual potencia nuclear que amenazara al Reino Unido: el estallido de solo dos bombas, lanzadas recíprocamente entre las capitales de dos países adversarios, provocaría una destrucción tal, que difícilmente quedaría alguien (que no sea cucaracha o escarabajo) para pulsar otro botón y proclamarse «vencedor».

Los británicos leen los diarios, sacan sus cuentas, revisan sus ahorros… El Vanguard, a salvo de recortes, sigue navegando atento, escoltado por los peces e impulsado por un presupuesto multimillonario. Y Cameron, a los pies del Big Ben, va alistando la tijera…

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