Raíces que atan

Autor:

Walfredo Angulo

Hay raíces que atan, que te prenden a la tierra donde naciste. Quien no quiere a las patrias chicas, no pude amar a la patria grande en esta era de la aldea global que se aspira sea un mundo mejor.

Hay que amar a tu palma para poder querer a cualquier árbol que se muestre ante tus ojos, legado que nos dejaran hombres como esos gigantes de pensamiento que fueron José Martí y Antonio Guiteras.

El mosaico étnico que es el cubano, tiene genes que influyen en su comportamiento de ser social y en su conciencia. En mi caso, los rasgos culturales arraigados son del Centro Oeste de la Isla, por la influencia que ejerció Sancti Spíritus en estas regiones al mercedar tierras que, por bajas y cenagosas, poco importaban a los hacendados de Puerto Príncipe. La cultura penetró por mar, bordeando los cayos del archipiélago Sabana-Camagüey.

Las parrandas de Remedios, Punta Alegre, Chambas, y las disputas de los barrios en estos festejos son una copia fiel de las tradiciones espirituanas. El símbolo del gallo o la leyenda del Güije de los Esteros resultan comunes para muchos habitantes de estas ciudades y no solo, como algunos creen, para los moroneros.

La historia siempre vino del Este en las guerras de 1868 y 1895. Generales y soldados orientales fueron invasores del ejército mambí, junto a la caballería camagüeyana comandada por Ignacio Agramonte. Luego del Moncada, Camilo y Che reeditaron la epopeya.

Por eso mi aflicción cuando en días pasados viajé a la patria chica e hice un tránsito por la terminal interprovincial de ómnibus de Sancti Spíritus. Al enrejado grotesco que exhibe esa instalación desde hace años, se unió a la oferta en moneda nacional el huevo al plato, pero había que llevarlo en la mano y sin brindar agua, porque también carecían de vasos. Para colmo, en los servicios sanitarios, faltos de higiene, se exigía el cobro por la entrada.

Cómo me duele ver esto en el lugar que debía ser la primera imagen de esa bella y gran provincia, plena de tradiciones y cultura.

Recuerdos de la infancia vinieron a mi mente. La conga del Yayabo en las parrandas, las decenas de tonadas campesinas, el puente sobre el río que surca la ciudad, el hermoso paseo peatonal en el centro de la villa, sus casas e iglesias centenarias.

Y más reciente, los proyectos socio-culturales hechos realidad, como los del bolero, el teatro, la guayabera, por solo mencionar algunos.

También me sentí afligido cuando por boca de Arquímedes Romo, toda una celebridad de la locución cubana, supe que el Estadio de Morón, orgullo de la región, además de no contar ya con pizarra electrónica y luces, tampoco tiene un equipo de audio propio, y el aficionado que ve un juego de béisbol o fútbol que no sea de la liga nacional, tiene que conocer al bateador o al portero, preguntar al de al lado o irse.

En la cultura, el arte, el deporte, la política y todo lo que conforma la conciencia social del hombre, la patria chica tiene una significativa importancia, a pesar de la globalización indetenible y la internacionalización del pensamiento más avanzado. Son raíces que atan.

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