El primer paso

Autor:

Javier Dueñas

«Y usted, ¿acaso es inspector?». La pregunta cayó sobre mí como un jarro de agua fría y solo atiné a sonreír. Pasaron dos o tres largos segundos sin que pudiera hilvanar respuesta y luego, casi seguro del motivo de la interrogante, dije que no.

Los pondré en contexto. Era uno de esos domingos que parecen hechos a mano, con un cielo azul sin igual que invitaba a caminar a pesar del castigo del sol de las cinco, ahora tan «travieso» como el de mediodía.

Como las bermudas, el «desmangado» y el pañuelo ya no me proporcionaban suficiente alivio, decidí enfriarme por dentro con uno de esos refrescos gaseados, y antes que la fría bebida alegrara mi entrañas —de verdad que estaba fría, caballeros— tuve tiempo para reparar en las dos jóvenes camareras que atendían a los clientes, serviciales y correctamente vestidas a pesar de la temperatura.

Imaginen ahora que me dirijo a ellas con un «buenas tardes» y entonces habrán de regresar al inicio de estas líneas… ¿Yo inspector? Hallé simpatiquísimo que me confundiesen con esos trabajadores y la comparación incluso me animó, al alimentar ese ego de héroe solitario, en busca de justicia y equilibrio, con el que todos nos identificamos alguna vez. En un recto sentido, un inspector obra buscando justicia y equilibrio, ¿no?

Que las jóvenes reaccionaron francamente, lo aprecio, pero más me hubiera gustado que correspondiesen a mi saludo. Atender a los demás exige ciertas condiciones personales que se adquieren poco a poco —una vida entera casi no basta—, y manifestar esos rasgos cuando entramos a la adultez y a la vida laboral depende mucho de eso que llaman autorregulación.

En la esfera de los servicios la disposición, la amabilidad y otros atributos son esenciales y formidables recursos, y falla cualquier organización que no los refuerce y gestione adecuadamente. Se puede regresar a la casa menos acongojado aunque en el Consolidado no tuvieran la pieza de la olla «reina», o en la peletería no hubiera el número de zapatos que necesitamos. Creo que esa diferencia la moldea el trato. También sé de gente que lo tiene casi todo y no atesora nada, pues está sola o poseída de amarguras. Conocí a más de uno así, a quien un saludo o un detalle les puede cambiar el día, no digamos ya la vida.

Cierto amigo, dueño de un peculiar estilo tras el mostrador de un agromercado, me comentó una vez que el secreto de un buen vendedor estaba en poner la mirada un poco más allá. Y remataba sus creencias sobre el asunto añadiendo que se puede ser exitoso en las ventas, mas ello no significa que se deje a los individuos satisfechos o un poquito más felices. Entre otras cosas, distinguir eso puede ayudar, me decía, a ser referencia de buen servicio y no un autómata anunciando mercancías.

Regresando a la escena inicial, también resultó interesante que ambas camareras me confiaran que la mayoría de los clientes no saludan (supongo que los inspectores generalmente sí, de ahí la etiqueta que me gané). Ello me recordó que muchos hablan de la importancia de tener buenos modales, pero se olvidan que hay que comenzar por uno mismo. Ellas, en la cafetería, atienden a otros que, desde el taller de reparaciones, a su vez se preocupan por otros más que dan atención en el hospital o la escuela.

Al final todos nos necesitamos; y es cierto que el alza del petróleo o el desplome bursátil nos tensa, pero de ahí a anularnos, amigos, va tanto trecho como de aquí hasta Hong Kong. El primer paso hacia una vida más agradable es amanecer con el deseo de superarnos. No es reprochable esperar a recibir, pero siempre será mejor construir y dar.

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