Para Tavito haber sido un padre joven lo llenó de responsabilidad y dicha Autor: Lisandra Gómez Guerra Publicado: 20/06/2026 | 11:29 pm
El padre de Enzo quiere ser el mejor del mundo, y lo logra cada día. Él no pudo disfrutar de su papá como hubiera querido, pero esa ausencia no heló su corazón, sino que lo hizo más cálido, más tierno y más asertivo.
Hoy, separado de la madre de su «chicuelo», nada impide que sea un padre presente, atento a su desempeño escolar y deseoso de mostrarle el mundo del arte en todas sus manifestaciones. Ahí está, a su lado, mientras aprende a patinar, a montar bicicleta, a nadar... Está junto a él para ser parte de cada sonrisa, de cada nueva frase, de cada lágrima, de cada alegría, de cada rayita que marque el termómetro... Soñaba con ser el mejor padre del mundo y Enzo se lo confirma todos los días.
¿Quién enseña a los hombres a ser padres? A base de estereotipos, muchas veces se les exige ser fuertes y no llorar, cuidar de sus amigas, jugar con soldaditos y no con muñecas, proveer en el hogar... Pero no existe un manual que se les entregue a cierta edad para que aprendan a ser padres. La enseñanza la encuentran a diario, durante las madrugadas sin dormir, los biberones nocturnos, la preocupación constante, el juego de pelota que comparten o la conversación que propicia confianza, el orgullo ante cada logro o esa calidez que siente al abrazar a su retoño.
Bastante se repite que padre puede ser cualquiera, pero no son pocos los que acompañan a su hijo a lo largo de su infancia y juventud, celebrando sus victorias y educándolos para que cuando ocurra la natural separación, sea capaces de abrirse paso ante la vida. Para ellos, el amor va más allá del instinto, nace en los buenos momentos y también en los difíciles, porque la paternidad es una experiencia que los cambia por completo.
Noticia feliz
«Al enterarme, fue un caos total porque era lo que menos esperaba. Por suerte, estaba en una relación estable y teníamos el apoyo de la familia materna del niño. Fue un embarazo inesperado, pero asumido desde el primer momento», relató el joven Carlos Amaro Paz, quien descubrió las complejidades de ser padre con tan solo 19 años.
«Las prioridades cambiaron y los planes también, todo quedó automáticamente pospuesto. En Cuba tener un bebé no es fácil y lleva verdaderos sacrificios», aseguró. Sin embargo, recuerda con cariño el nacimiento de su hijo, verlo dar sus primeros pasos o descubrir qué palabras lo iniciarían en la lengua materna.
Aunque ahora la distancia geográfica se encuentre de por medio, no pierde la oportunidad de recodarle a su hijo que en algún lugar de la Isla hay un padre que lo extraña.
Ramsés Valdés Hatman enfrentó la paternidad desde el instante del fallecimiento de su padrastro. Siempre había sido un hermano mayor presente que educaba desde sus propias experiencias, pero asume el rol de enseñar, cuidar y apoyar a su madre en los gastos de la casa, porque para él ser un padre va más allá de lo que la biología dictamine.
«Cuando Frank nació descubrí una razón de ser. Tuve que posponer muchas de mis metas o actividades como dormir solo, porque siempre quería estar cerca de mí. Los momentos más bonitos que me ha dado la paternidad son esos donde, incluso, me siento agobiado. Creo que el simple hecho de tener una persona que se alegre cuando te ve es el mejor regalo que te puede dar la vida», expresó.
Aunque no existan lazos de sangre, la hija de Luis Manuel Correoso Meré le cambió su futuro. Él mantuvo una relación con la madre desde antes de su nacimiento y aunque no fuera su padre biológico, lloró cuando sintió el primer sollozo resonando en el pasillo.
«El momento más feliz fue despertar con ella encima diciéndome papá por primera vez. Ese fue el día en que comprendí que solo quería pasar la mayor parte del tiempo con ella», recordó. Aunque ahora se encuentra separado de la madre de la pequeña, asegura que siempre la querrá de igual forma, porque ningún papel en el registro puede reflejar ese amor puro que siente desde hace nueve años.
Se hace camino al andar
El 28 de noviembre de 2019, la vida de Octavio López Ramírez, Tavito, tomó una pausa. Todavía pierde el hálito al recordar cómo un fragmento de sí cabía con exactitud en sus dos manos.
«Eso es algo que no sé cómo expresar. Dainalis es mi todo», cuenta, y regresa la mirada fija en busca de los mismos ojos que aquel día le confirmaron que se estrenaba como papá».
Parece que fue ayer, según la fuerza de su memoria. Pero solo este joven de 39 años sabe cuántas alegrías, dolores de cabeza, sustos, abrazos y sinsabores ha compartido con su pequeña Cuqui, como la conocen más allá de su inscripción de nacimiento.
«Hasta los 11 meses de la niña, su mamá y yo vivimos juntos. Tras el divorcio, ella vino conmigo para la casa. Cuando eso pasó, ya Dayana, que no tiene hijos, estaba aquí, y se volvió el pilar de nosotros».
Basta escuchar: «mamá, dame el libro», «mamá, péiname», para confirmar que hay condiciones que no llegan solo por gestar nueve meses, sino por estar con los brazos abiertos para arropar.
«La niña ha convulsionado dos veces. Gracias a Dios, Dayana ha estado a su lado porque es la que entiende bien qué darle y qué hacer. Pero de esas cosas malas es mejor ni pensar.
A Tavito no hay quien le haga un cuento de cómo se le pone el pecho a la vida. Con la fuerza de la voluntad, más que de las manos, levantó su casita, tabla a tabla, y apisonó su piso de tierra en el área conocida como la Cueva de la Virgen, un área de la ciudad de Sancti Spíritus con olor a extrema humildad y mucho verdor.
«Soy multifacético. Lo mismo pico un poste que hago carbón, tumbo una mata o limpio un pozo».
Hace más de un malabar para llevar los platos a la mesa, pero cada cansancio se disipa con los besos, abrazos y los muchos cuentos que le esperan en casa.
Después de vencer una de las tantas pruebas de vida, hace un tiempo, Tavito ratificó que, aunque la carrera de padre jamás se termina, él nació para merecer sus más altas calificaciones.
«Hace ocho meses estuve separado de Dayana y regresé para esta casa con una mano alante y otra atrás. Me criticaron por el divorcio. Me dijeron que si estaba loco, pues solo no iba a poder. Y mírame, no me morí.
«Si daba un paso atrás era como entregársela al orfelinato. Si cuando me quedé solo no recibí ayuda por parte de la madre biológica, imagínate qué pasaría si tiro los guantes.
«Me levantaba más temprano. La lavaba y le hacía el desayuno. La vecina la peinaba porque realmente eso sí no lo he aprendido. La ropa y la comida las tenía lista».
Era una rutina diaria fuerte, a golpe también de la bendita bicicleta que me acorta los más de dos kilómetros que separan el hogar de la escuela Remigio Díaz Quintanilla, donde Cuqui descubrió este curso la magia de las letras y los números.
«El que me contrate sabe que mi día laboral empieza después de las ocho de la mañana. Antes, Cuqui terminaba las clases pasada las tres y a mitad de curso cambiaron la recogida de la niña para el horario del mediodía.
«En esos meses, la misma vecina que la peinaba y hoy nos ayuda con el refrigerador porque tiene paneles, me ayudaba algunos días a buscarla. Por suerte, al volver con Dayana ya tengo también alivio en ese sentido y puedo trabajar sin tanta presión porque la verdad es que estoy siempre apretado».
De ayudas salvadoras conoce en detalles Tavito. En el período donde su vida se puso de cabeza, tocaron a sus puertas muchas donaciones gracias al empuje de uno de los tantos grupos virtuales.
Nada le alienta más a este hombre espirituano que ver feliz a su Cuqui. «La niña es lo más grande que tengo. Hasta hoy nunca me han faltado lo deseos de hacer por ella».
Pie. . Foto: Lisandra Gomez Guerra
