Oficio de misionera

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Persistente Pastorita Núñez, que no viaja al olvido. Ahora esa mujer tozuda, que rozó la gloria y supo envejecer silenciosamente, sin pedir nada a cambio, se agenció un nuevo oficio para servir a Cuba: el de custodio del cubano mayor.

El 28 de enero, fecha de resurrección, la única generala cubana, Teté Puebla, cumplía con Pastorita al esparcir las cenizas de la insigne combatiente, en medio de un silencio cósmico, en torno al sencillo monumento a José Martí a la entrada de la Ciudad Camilo Cienfuegos, «La Habana del Este».

No es fortuito el último y definitivo puesto de trabajo de Pastorita, y nadie podrá despedirla de esa plaza ganada para siempre con una vida esencialmente martiana, desde su ortodoxa rebeldía junto a Chibás hasta su soldada lealtad a Fidel y a la Revolución, para siempre.

No podía ser otro el sitio en que, lejos de descansar, sigan lidiando sus cenizas: A la entrada de su obra suprema: el reparto símbolo de la nueva política habitacional de aquella Revolución triunfante, que barrió con casatenientes y mercaderes del hogar, aún cuando no haya resuelto el gran problema del techo para todos. Una comunidad aún insuperada en belleza, garbo y urbanismo; en la calidad que el Che todavía nos está exigiendo.

Al pie de la tarja, como un símbolo de su eterna juventud, la foto de aquella mujer regordeta y sonriente en el esplendor de la vida con aquellos ojos acuario, que no reparó en partir hacia la Sierra Maestra y situarse a las órdenes de Fidel. De mujeres rectas y tiernas a la vez, como ella, está florecido el camino de esta Revolución.

Quizá por eso su proverbial honestidad le deparó esos oficios difíciles y silenciosos que sostienen los combates y proezas de otros. Fue la responsable de, en medio de las batallas, dar la cara a la frontera del negocio y el capital, y cobrar insurgentes impuestos a los productores de azúcar, para sostener la guerra necesaria.

Por su proverbial decencia, ya en febrero de 1959 Fidel la nombró presidenta del Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda, aquel regalo de Reyes Magos sin distinción, que convirtió la corruptela de la Lotería Nacional en cuentas de ahorro para construir casas a los desheredados. Entonces Pastorita dijo: «Vengo aquí a poner en vigor las prédicas de la honestidad…vengo a convertir el vicio en virtud». Y manejó aquellas cuentas con la misma transparencia de la Sierra Maestra.

No en balde Fidel la denominó «la inversionista de la Revolución», por el rigor y el control con que asumió, como centinela del erario público, las obras nacientes (Qué desplante a su memoria tanta indisciplina acumulada aún en las construcciones).

Lo otro fue su devoción a la calidad y terminación de las obras, auxiliada por ingenieros y arquitectos respetables, que la veneraban. Ahí está la ciudad Camilo Cienfuegos, y todos los edificios de apartamentos a lo largo del país que aún llevan su impronta, como ese de Cienfuegos que se denomina, desde entonces, Pastorita: elegancia, integralidad, belleza…

Pastorita se ha lexicalizado, en el argot del cubano, como casa bien hecha, al punto de insuperable aún. Por eso, desde sus cenizas, esa señora sigue pidiéndonos cuentas por tanta chapucería al paso, mentira y vista gorda, ahora que tratamos de levantar otra arquitectura del país.

La mañana en que ilustres personalidades acompañaban a Pastorita a su morada final, al pie del Maestro, allí estaban las monjas del asilo de Santovenia donde vivió sus últimos días, y predicó la martiana utilidad de la virtud. No era para menos: Pastorita fue una misionera. Sirvió sin aprovecharse de glorias pasadas. El único privilegio que exigió fue que sus cenizas escoltaran a José Martí.

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