«Onorreguematónica»

Autor:

Luis Luque Álvarez

«¡PÁFATA!» es una sonora onomatopeya que, por sí solita, avisa de que a alguien le han medido el rostro con la palma y los cinco dedos, de la manera más violenta posible. Haga la prueba, por ejemplo, y golpéese un muslo con la mano abierta. El sonido le parecerá algo así como un ¡paf!, del que «¡páfata!» es como una hija.

Me gustan las onomatopeyas, esas aproximaciones en la lengua oral y escrita de aquellos sonidos a los que no sabemos definir muy bien qué forma darles. Algunos, como los que emiten los animales, incluso cambian el empaque, dependiendo del idioma en que se reflejen. Un gallo ruso cantará «kokorokó», y un perro inglés soltará un «¡guarf!», provocando la extrañeza de los perros y gallos cubanos que lean fábulas en esas lenguas. O mejor, de sus dueños…

Pero al grano. Lo que me interesa es «¡páfata!», también pariente cercano de «¡zuábana!» y de otras criollas maneras de expresar un golpe. Y me llama la atención a partir de escucharla en un reguetón —es una «onorreguematónica» entonces—, seguida de la frase «esto es un palo por la cara».

No, no voy a bombardear al reguetón como género (apenas una ráfaga, para no pasar de largo). En definitiva, los que en su día creyeron que había que premiar con un Grammy a «papi, dame gasolina», y quienes se desgañitaban con aquello de «¡aaay, a mí me gustan los yuma!» (así, sin la s del plural), habrán caído en la cuenta de que no sobrevivieron el paso del implacable. Y no estrello esas «piezas» contra la Novena de Beethoven, sino que las avergüenzo ante las sencillas composiciones populares cubanas de la primera mitad del siglo XX, que aún deleitan tímpanos de toda clase y rango. La vulgaridad y el nulo arte terminan como el famoso Chacumbele —«que el mismito se mató», según reza la sabiduría de la gente—, y le pasan la cuenta al que presume de ellas como de «valores» inmutables.

Me detengo brevemente a observar que el «¡páfata!» y el «palo por la cara» inyectan no sé qué raro entusiasmo en algunos jóvenes y no tan jóvenes que entonan la letra y mueven el esqueleto a su son, mientras pasan por alto el contenido directa o indirectamente violento del estribillo.

Únicamente digo, descubriendo el Mediterráneo, que nada de lo que escuchamos o vemos nos deja indiferentes, o pasa de largo sin causar huella en nuestra percepción de la realidad o en nuestro modo de comportarnos. Y que asentir, expresa o tácitamente, a esa «estética del antivalor», mata lentamente el espíritu, congela la conciencia de manera que no distinga a derechas que es agradable y qué es grosería —las camisetas estampadas con la frase «De p… madre» son una muestra genial de la pérdida de perspectiva—, y tiene su clímax y apoteosis en el trato con el otro, al cual, si me fastidia un poco, no será mayor problema espantarle un «¡páfata!», con «un palo» y «por la cara».

O un «¡zuábana!», ¿qué más da?

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