El primer asaltante al cielo

Autor:

José Alejandro Rodríguez

¡POYEJALI! (¡Allá vamos!)… Con la misma frase con que los campesinos rusos brindan, copa de vodka en mano, el muchacho de 27 años se despedía de los terrícolas, a las 9 y 7 minutos del 12 de abril de 1961, dentro de la cápsula espacial Vostok 1. En solo una hora y 48 minutos, un sencillo hijo de campesinos soviéticos se remontaría a lo desconocido, para transgredir estáticas y cumplir el sueño de generaciones humanas de alcanzar el espacio cósmico. Era exactamente tomar el cielo por asalto.

Todo se había fraguado en secreto, y el mundo despertó ese día en medio de la euforia ascensional. Pocas veces se vive el sobresalto de la grandeza. El hombre al fin se elevaba a la infinitud. Y con el despegue orbital de Yuri Gagarin, por sus propios ojos conmovidos con tanta belleza sideral, la Humanidad supo por primera vez que la Tierra es apenas un grano de polvo cósmico. Una pelota diminuta y frágil.

Gagarin, un hombre campechano con una sonrisa carismática que rezumaba paz y futuro, se convirtió en el héroe para millones de niños que entonces quisimos estar junto a él en la Vostok 1 y arrostrar los peligros de los adelantados, esos que abren nuevos senderos a las carcomidas rutinas de la gente.

El primigenio que viajó al cosmos, el que ha abierto la senda a más de 500 astronautas en 50 años, y posibilitó tanto avance científico técnico a la humanidad, era en la Vostok como un niño alucinado. El privilegiado veedor, el primero que se alzó tan lejos sobre la Tierra y disfrutaba su horizonte curvilíneo encendido de aureolas azules, solo atinó a decir sobre ella: «Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos».

Henos aquí, a medio siglo y a tantas guerras y desastres, a tantas crueldades derramándose sobre la esfera ya magullada y enferma, preguntándonos cómo hemos podido resistir a los poderosos —tan cobardes y aferrados a la ley de la gravedad gananciosa—, que no han levantado ni una vara de coraje y poesía sobre el suelo, ni saben de las sublimes alturas como no sea para sacarle provecho con negocios orbitales en proyecto.

Esos mismos mercaderes del espacio, el tiempo y hasta de los agujeros negros si pudieran, andan hace rato tarifando la memoria del primer cosmonauta, al punto de que su hija menor, Galina Yurievna Gagárina, decidió registrar el nombre del padre para protegerlo de quienes lo utilizan con intereses mercantiles, como el proyecto residencial Gagarinland.

Gagarin es una suerte de símbolo orbital de paz, bondad y justicia, de una Tierra y un mundo nuevo que no acaba de nacer pero llegará quizá de las entrañas de la Tierra. Gagarin sigue circunvalándonos desde el cosmos, con esa autenticidad de hombre común que no abandonó jamás cuando, después de la proeza, recorrió confines de la Tierra y recibió ovaciones de multitudes, oligarcas, desempleados, divas del cine, jefes de Estado, reyes y nobles.

Por esos misterios del destino, el aterrizaje de Gagarin no se produjo en el sitio previsto. Y tampoco en esa época más cándida, tuvo la apoyatura mediática y los sucios reality shows de hoy. Su descenso fue como hecho para él, en un punto perdido de la estepa rusa, en medio de la soledad pura.

Una vieja koljosiana, Anna Tajtarova, y su nieta Margarita, de cuatro años, vieron descender en paracaídas una especie de monstruo del más allá, un extraño ser con un casco acristalado y aquel inmenso traje naranja. Gagarin les sonrió tras el cristal y les aclaró que era un soviético como ellas. La abuela le ayudó a sacarse el casco, apretando un botón, y le brindó pan y leche. Ahí está la parábola celestial y terrícola.

Margarita aún lo recuerda y lo cuenta al diario Konsomolskaya Pravda. Y cada persona buena de este mundo lleva su Gagarin en sueños y esperanzas, aunque el 27 de marzo de 1968, la Tierra lo haya llamado para siempre bajo su manto, en un accidente de aviación. La Tierra y el Cosmos se lo disputan eternamente, en la buena fe de cualquier hombre.

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