Los delicados hilos del traspaso

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

La Revolución Cubana acaba de cerrar un ciclo trascendental de su historia, y de abrir paréntesis hacia otro más largo, complejo y decisivo.

La frontera entre uno y otro espacio fue marcada por la clausura del VI Congreso del Partido Comunista el pasado 19 de abril, que por mandato constitucional constituye la fuerza dirigente fundamental de la sociedad y el Estado.

La presencia de Fidel en la sesión de clausura de ese cónclave no solo debe quedar como un momento especialmente emotivo en el devenir del proyecto de justicia y libertad iniciado el primero de enero de 1959, en el que el iniciador y guía de la última etapa por la independencia regaló la mística de su presencia a los delegados y a toda Cuba.

Su estancia en momento tan crucial de ese evento alcanza un simbolismo y connotación políticos que apuntan profundamente hacia el horizonte de la sociedad cubana.

El 19 de abril debe marcarse como el día en que culminó el delicado interregno abierto tras la Proclama del líder revolucionario al pueblo de Cuba, ante la repentina enfermedad que, según ha explicado en posteriores Reflexiones, le situó al borde del peor desenlace.

La decisión de los delegados al VI Congreso de elegir al frente del Partido a Raúl, y los pronunciamientos de este acerca de lo impostergable de iniciar la concienzuda preparación del relevo de la dirigencia política y estatal del país, nos sitúan en el momento de preparar con hilos de seda la transferencia del poder revolucionario de manos del liderazgo histórico a sus continuadores.

El pronunciamiento de Raúl sobre la pertinencia de limitar el tiempo de ejercicio en los cargos políticos y estatales a un período no mayor de dos mandatos constituye uno de los más llamativos, y de los que mayor influencia ejercerán en el devenir sociopolítico del Archipiélago en lo adelante.

Definitivamente la Revolución Cubana está acercándose a uno de sus momentos más decisivos: demostrar que alcanzó madurez suficiente para sobrevivir a su liderazgo histórico y que el orden constitucional que fundó —y que ahora rectifica y fortalece— garantiza la irreversibilidad del socialismo como ideal resumen de los sueños de sucesivas generaciones de revolucionarios.

Recordemos que los enemigos ideológicos del proceso cubano, vencidos en sucesivos intentos por subvertirla en más de 50 años, ubican sus principales esperanzas, precisamente, en la ocurrencia de ese relevo generacional, del que esperan un rompimiento con la tradicional posición de principios de la dirección histórica.

Esa fractura comenzaron a estimularla desde mucho antes de que esta desaparezca. Los resortes de su propaganda de los últimos años han intentado dibujar divergencias de sentido y contenido entre la conducción de Fidel y Raúl.

Semejantes campañas hicieron que el ahora Primer Secretario del Partido tuviera que sentar en numerosas oportunidades que la actualización en marcha busca cambiar únicamente cuanto entorpece los propósitos de eficiencia, justicia y bienestar a los que debe aspirar el verdadero socialismo, y nunca desmantelarlo.

Frente a las añoranzas de los medios occidentales y sus patrocinadores, los revolucionarios cubanos no deben olvidar las experiencias de la historia.

El sustancial repaso debe mirar lo mismo hacia quienes dejaron endulzar sus oídos por las alabanzas occidentales durante la «renovación» de otras experiencias socialistas, que hacia las sucesiones que le antecedieron en esos mismos países, no exentas de mezquindades, vergonzosas deslealtades y atrofias políticas, económicas y sociales que condujeron a finales catastróficos.

En la figura y el ideal nacionalista, universal, humanista y marxista de Fidel compartiendo la clausura del VI Congreso, se lanzaba nuevamente un mensaje de que en Cuba no debe haber ruptura sino continuidad; no habrá rompimiento sino respeto por la historia; no habrá desmantelamiento sino rearticulación, a partir de la rectificación de los errores que se han producido en el largo trayecto por buscar la justicia.

Para el intenso clamor que antecedió al evento de rearmar la patria aspirada en la Constitución: con todos y para el bien de todos,  no puede ser otro el camino.

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