Tiempos modernos

Autor:

Luis Luque Álvarez

Cucharas con el rostro del príncipe William y de su prometida Kate Middleton se venden por cuatro libras esterlinas en los puestos de suvenires de Londres. Según reporta la cadena alemana DW, otros objetos, como platos, tazas de té, cajas de preservativos y hasta bolsas para vomitar muestran la imagen de los futuros consortes, que contraerán matrimonio el próximo viernes.

La monarquía británica, que usualmente se pasea por las páginas del glamour, está en las noticias de estos días por dos temas. El primero, la boda de los mencionados jovenzuelos —él es hijo de la trágicamente fallecida princesa Diana, lo que atrae mucho público, y ella, de origen más proletario, es el ideal de la simpática muchacha que asciende al éxito desde la masa anónima—, ofrece buenos dividendos a los comerciantes y a las cadenas de TV, parqueadas ya ante el Palacio de Buckingham.

El otro asunto es el anuncio, por parte del Gobierno del conservador primer ministro David Cameron, de que se podría modificar la ley de sucesión real. Hasta hoy, los varones son los que tienen precedencia para ocupar el trono, y por supuesto, para ello se supone que deben ser anglicanos, pues el monarca del Reino Unido es a su vez cabeza de la Iglesia Anglicana. Esta nació en el siglo XVI, cuando el rey Enrique VIII se divorció de Catalina de Aragón y se unió con Ana Bolena —para finalmente cortarle la cabeza e irse en pos de otra—, lo que el Papa no aceptó, y se produjo la fractura.

¿Qué hace un monarca en Gran Bretaña? Bueno, pues además de recibir millones de libras esterlinas del erario público para el mantenimiento de sus palacios y el pago de sus viajes y recepciones —en 2010 percibió 38,2 millones, tres millones menos que en 2009, porque en tiempo de crisis «hay que apretarse el cinto, ¡uf!»—, también dispensa títulos nobiliarios, disuelve el Parlamento cuando se agota la legislatura, nombra Primer Ministro al candidato que le presenta el partido más votado, y lee una vez al año el discurso que le pone en las manos el Premier para explicar su programa de gobierno.

Ahora bien, que en tiempos de veloz modernidad, en los que es difícil mantener a los príncipes dentro de las murallas y relacionarlos únicamente con gente de sangre azul, los muchachones buscan novia donde mejor les place, y asimismo, entienden que los moldes de antaño no funcionan en los contextos sociales occidentales, donde mujeres y hombres van —al menos teóricamente— a la par en cuanto a derechos. Por ello, ¿por qué no puede ser reina una primogénita que tenga un hermano varón? La actual monarca, Isabel II, coronada en 1952, está en el puesto porque eran solo ella y su hermana menor, que si no…

En cuanto a que el rey no puede ser católico, el Acta de Establecimiento, de 1701, explica que aquellos sucesores que «se reconciliaran o comulgaran con la Sede o Iglesia de Roma o (…) contrajeran matrimonio con un papista (…) quedarían incapacitados a perpetuidad para heredar, poseer o gozar de la Corona».

¡Hombre!, entonces si el rey fuera, no anglicano, sino budista, animista o adorador de Amón Ra, ¡igualmente pudiera ser cabeza de la Iglesia Anglicana! Es un enredo que raya en el sinsentido, pues además, un monarca, aunque su vida sea lo más «relajada» posible —caso típico: el rey Eduardo VIII, tío de Isabel II—, se erige en la máxima autoridad de una institución religiosa, con normas de conducta trazadas en sentido contrario.

Hay que reformar la cuestión, sí señor, pero tal vez demore, pues dice el Primer Ministro que habría que consultar no solo a los nacionales del Reino Unido, sino a los de 16 ex colonias británicas en las que la Reina es jefa de Estado, como Canadá, Australia y Jamaica. Y que se tomen su tiempo, pues en definitiva, a día de hoy, solo un 20 por ciento de los británicos se declaran partidarios de que el país se convierta en una república.

Por lo que habrá reyes, príncipes y princesas para rato. Y lindas bodas, y hermosas portadas de revistas. Y cucharas, platos, tazas de té, bolsas, condones, etcétera…

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