Donde dije digo…

Autor:

Luis Luque Álvarez

Rectificar es de sabios, se encarga de recordarnos la sabiduría popular, y la canciller federal alemana Angela Merkel desearía para sí el título. Por ello, su gabinete acaba de reprogramar el cierre definitivo de los reactores nucleares del país. Al parecer, los humos de la siniestrada central nipona de Fukushima dejaron caer en Berlín aquello de que «cuando veas las barbas de tu vecino arder…».

El gabinete conservador germano había hecho trizas el plan del anterior Gobierno socialdemócrata-verde de echarle el pestillo a las 17 centrales atómicas del país europeo a más tardar en 2022. Sin embargo, cuando la Unión Cristiano-Demócrata (CDU, el partido de la Canciller) fraguó alianza con los liberales en 2009, dio marcha atrás a aquella idea, y en 2010 rubricó la extensión de las nucleares hasta 2035.

Fue Fukushima la que hizo entrar en razón a la Merkel. Fukushima y algo llamado «votos», pues en varios estados federados alemanes la CDU ha ido en picada, y han sido los Verdes los que se han llevado las palmas electorales o han avanzado considerablemente. Un simple cálculo le ha aconsejado, pues, modificar el rumbo y decir Diego donde dijo digo.

Enhorabuena entonces por los alemanes, particularmente por los que suelen salir de vez en cuando en la prensa intentando detener un tren con desechos radioactivos procedentes de Francia. Aunque, según leo, a los germanos no solo les disgustan los trenes con basura atómica, sino además que se planten por doquier parques eólicos —aquellos de generadores con aspas movidas por el viento—, o que se tiendan líneas de alta tensión. ¡Hombre!, pero de alguna fuente habrá de venir la electricidad, ¿no? A menos que alguno desee volver a la época en que se asaban los mamuts con gajos de roble…

Ahora bien, prescindir de la energía obtenida del átomo tiene un costo. Como desecho a la atmósfera, las centrales nucleares solo emiten… ¡vapor de agua!, o sea, que en nada contribuyen al calentamiento global. Así que, tras el anuncio de Berlín, los expertos han sacado algunas cuentas acerca de cómo se suplirá la electricidad que falte: como Alemania no tiene hoy por hoy la cantidad de fuentes alternativas que desearía —y como nadie ha mencionado tampoco la palabra «ahorro»—, hay que echar mano a las centrales de carbón y de gas. ¿Resultado? Que el país emitirá 25 millones de toneladas de dióxido de carbono ¡adicionales! (éramos pocos y parió Frida Müller).

Por otra parte, sucede algo curioso. Alemania cerrará sus centrales, pero un vecino inmediato, Francia, con 58 reactores, no tiene intención de clausurar ninguno. Y la proximidad, para quien teme un accidente en su propio territorio, salta a la vista: la planta de Philippsburg, en el estado alemán de Baden-Württemberg, está a tiro de piedra de la francesa Fessenheim, en Alsacia.

Esas vecindades, en una Europa que semeja un edificio donde el ruido de un apartamento molesta en el otro, recuerdan crudamente que el átomo no conoce fronteras. En 1986, cuando en Ucrania explotó uno de los reactores de Chernobil, la nube radioactiva recorrió también el sur de Alemania, el norte de Italia, el este de Francia, el sur de Gran Bretaña, etcétera, y dejó en varios sitios su lloviznita nociva.

De modo que sí: ¡tanto a favor de Alemania!, pero hay que ir a más: a que Europa se vuelque en una acción concertada en el tema nuclear. Y a que el medio ambiente no sea, al final, el que pague la cuenta…

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