Botar el falso voto

Autor:

Juan Morales Agüero

Es una realidad imposible de disimular: en ciertos centros de trabajo, algunas reuniones amenazan con convertirse en formalidades si de votar por algo o por alguien se trata. La rutina llega a su clímax cuando el conductor se dirige a los presentes para que tomen partido: «Ahora, compañeros, vamos a someter a votación el informe. Los que estén a favor que lo expresen levantando la mano».

Casi al unísono, los brazos se elevan en señal de anuencia. Unos causan rabia y asombro. Evaristo, tan hipercrítico en los debates, empina el suyo y, sin pudor, vota contra sí mismo. Luis también está «de acuerdo», a pesar de que acaba de llegar y ni siquiera conoce qué se discute. Remigio había cuchicheado a sus vecinos sus dudas sobre ciertas cifras del informe. Pero alza la diestra para aprobarlo…

Luego, por puro trámite, inquiere: «¿En contra?» Nadie. Y prosigue: «¿Abstenciones?» Nadie. Entonces, sin mirar apenas para el auditorio, anuncia, triunfante: «El informe queda aprobado por unanimidad». Una ovación lo premia. Entre quienes se desollan las palmas de las manos de tanto aplaudir están... ¡Evaristo, Luis y Remigio! Después, en el pasillo, despotricarán contra lo que ellos mismos aprobaron.

Me he preguntado más de una vez si quienes asumimos el derecho al voto con el brazo en contrapicada en esas reuniones y asambleas no estaremos inconscientemente conscientes de que esa supuesta unanimidad —tan funesta cuando no es auténtica— constituye en ocasiones un ejercicio de doble moral que expresa per se cuán escasa anda la valentía política entre quienes lo practican.

Al clausurar el 9no. Congreso de la UJC, el General de Ejército Raúl Castro, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, retomó el tema. «La unanimidad absoluta —expresó— generalmente es ficticia y por tanto dañina. La contradicción, cuando no es antagónica como en nuestro caso, es motor del desarrollo. Debemos suprimir, con toda intencionalidad, cuanto alimente la simulación y el oportunismo».

Estamos ante un hecho que le hace un flaco favor al país en materia ideológica. En efecto, algunas personas han perdido de vista que al solicitarse un voto  entran en juego valores tan importantes como la honestidad, el patriotismo, la valentía y la responsabilidad.

Honestidad para proclamar lo que se piensa; patriotismo para elegir lo que el momento necesita. Responsabilidad para actuar según los deberes y normas establecidas. Y valentía, mucha valentía para retar miradas torvas, intimidaciones solapadas y marginaciones mezquinas.

Lugares hay donde algunos «votan» sobre un asunto no como se lo dicta su concepto de la justicia, sino como reaccione la mayoría. «Yo sí que no me busco problemas», justifican luego.

En otros contextos parecidos votan por la primera propuesta que se haga pública. Vaya, como para salir rápido del paso. O patrocinan al candidato de más carisma y popularidad del colectivo, en menoscabo del más responsable y exigente. Confunden, a sabiendas, un premio al mérito con una pasarela de simpatías. Lamentable, pero ocurre.

Los hay que alzan su diestra para afianzar un distorsionado concepto de la amistad. Eso a contrapelo de que los registros contables de su protegido estén en bancarrota en materia de ejemplaridad. Y hasta se topa uno con los que actúan por temor a represalias de sus jefes, a pesar de que nadie tiene facultades para proceder de esa manera.

En las votaciones casi nunca se recurre a la abstención. Sin embargo, se trata de una opción legítima a la que se apela cuando ninguna propuesta se ajusta a nuestro punto de vista. Abstenernos es lo que debemos hacer cuando carecemos de los elementos necesarios para opinar a favor o en contra sobre un tema. Es una oda a la decencia.

El ejercicio libre y autónomo del criterio es una franquicia a la que no debemos renunciar. No se respeta quien no obre en consecuencia con sus ideas. Votar en contra de opiniones propias deviene aberración de lesa dignidad. «El hombre que oculta lo que piensa o no se atreve a decir lo que piensa no es un hombre honrado», afirmó José Martí.

En la falsa unanimidad el fingidor le gana la arrancada al honesto. Y llega primero al estambre porque se dopa con el doblez. Un brazo en alto debe encarnar siempre certeza absoluta y acto de conciencia. Votar sin convicción es como botar ética y moral al basurero.

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