El pantano (a la italiana)

Autor:

Luis Luque Álvarez

Algo se mueve en Italia, en esa magna cuna de renacentistas que por momentos —¡por años!— pareció que sucumbía al encanto de las novelas rosa y los «talk-shows» de TV que le ha brindado su «empresario-primer-ministro».

Sí. Se mueve. Como un cenagal. Era raro que un país al completo se mantuviera por más tiempo congelado ante las hábiles jugadas de su gobernante para sacarle el cuerpo a la justicia. Él, Silvio Berlusconi, ha toreado como ha querido a la señora de los ojos vendados y la balanza en la diestra. Los casos de fraude fiscal, de incitación al falso testimonio y, el más reciente, el de prostitución de menores, lo han tenido a maltraer, pero en la concreta no le han ensuciado el traje.

Ahora, parece que los italianos vuelven del letargo y quieren recordarle que todos son iguales ante la ley. Por eso, entre el domingo y el lunes decidieron llevarle la contraria al Primer Ministro, y en un referéndum al que acudió casi el 57 por ciento de los votantes, echaron por tierra cuatro de sus proyectos, entre ellos el de hacer que el país volviera al uso de la energía nuclear y el de mantener con vida una mentada «ley del legítimo impedimento», hecha a la medida del Cavaliere para salvarlo a él y a sus subordinados inmediatos de tener que comparecer a las audiencias penales.

Sobre el primer punto, nota breve: ya Italia, en una consulta pública efectuada tras el accidente atómico de Chernobil, en 1986, le había dicho «no» a la energía nuclear. Así, buena parte de su electricidad le ha venido desde entonces de allende sus fronteras: de Francia. Lo que deseaba Berlusconi y su partido Pueblo de la Libertad (PdL) era conducir de nuevo al país hacia la carretera nuclear, pero el desastre ocurrido en la central japonesa de Fukushima, tras el potente sismo de marzo, gritaba muy alto como para que los italianos no lo escucharan.

Ahora bien, y en cuanto al otro tema: si se mira una foto —ya de varios años— en la que Berlusconi le hace el signo de los cuernos a otro gobernante europeo durante una cumbre comunitaria, salta la pregunta de cómo fue posible que los italianos lo eligieran más de una vez, la última en 2008. Cómo, con tantas evidencias en su contra, ha podido seguir al frente del Gobierno, aliado nada menos que con una fuerza —la xenófoba Liga Norte— que lo que desea precisamente es la escisión del país: al norte, la próspera «República de Padania», y en lo que quede, fundamentalmente en el empobrecido sur, Italia.

La respuesta pudiera estar en que el multimillonario Premier controla una buena porción de los medios de comunicación italianos, desde donde suele levantar el dedo contra cualquiera que se le oponga, sea juez, sea contrincante político, y acusarlo invariablemente de «comunista», en un país donde la izquierda política marchó «exitosamente» hacia la autoliquidación y, por tanto, dejó de ser una alternativa a ojos de la gente.

Que a los ciudadanos les hayan dado lo mismo los escándalos de don Silvio —incluidas las orgías en sus villas de descanso, o la «contratación» de chicas para hacerles «regalos»— es signo del grado de apatía en que cayó la sociedad respecto a este señor. Y lo mismo en cuanto al grueso de los políticos italianos, pues sus prebendas son las más envidiadas de Europa —reciben los sueldos más altos en toda la UE, y sus autos «oficiales» son innumerables— y a la hora de votar mociones de censura, tienen una pasmosa facilidad para cambiar de bando.

Hoy, mientras el público da signos de despertarse y les estampa a sus planes un «no» vinculante —ya en mayo pasado le quitaron al PdL un baluarte tradicional: Milán—, Berlusconi tendrá que ver cómo aguanta. Dice que no renunciará, y está en su derecho —le quedan dos años de legislatura—, pero las propias arenas movedizas de la política italiana, sazonadas ahora con el malestar ciudadano claramente expresado, no le son garantía de nada bueno.

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