Entre el silencio y la belleza

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

La escuché por vez primera con la humildad del visitador, prendido de la duda con la que siempre arriban los foráneos a un lugar por descubrir. Aquella historia me pareció en principio fábula, ocultismo, superstición, destello pueblerino, algo que solo había nacido para enamorar de admiraciones y sorpresas a los que llegan buscando conocer más sobre el ayer cienfueguero.

Pero poco a poco, luego de una estancia por estas tierras, he ido comprendiendo el valor que tiene para muchos nacidos aquí el amansar ciertas invenciones mitológicas de hace siglos como una verdad sin vacilaciones, con la impertinencia del que no deja chance para la contemplación ajena, y convoca a sucumbir en las trampas internas de un relato cuyos protagonistas siguen siendo el silencio y la belleza de una mujer.

Cuando los colonos franceses, fundadores a inicios del siglo XIX de la villa de Fernandina de Jagua, alcanzaron en su primera ocasión la atrayente geografía de Cayo Loco, otrora Distrito Naval del Sur y actual Museo Histórico Naval, encontraron allí a una solitaria joven de tez negra, sin más vestidos que los que le había dado la generosa naturaleza.

Mujer de formas agraciadas, de cara y cuerpo apasionantes, provocadora de una impresión tan sensual que llevó a bautizarla como la Venus Negra y la Belleza de Ébano.

Adornaba su espléndida desnudez con collares y pulseras creados con sartas de semillas de bejucos y árboles, y de conchas y caracoles marinos. Apenas tenía dos compañeras de vida: una garza azul y una paloma blanca, ambas domesticadas de tal modo que iban con ella a todas partes y se posaban con facilidad en sus hombros.

Quizá por pudor y hasta por miedo, aquella dama, la única moradora del islote, huyó con desenfrenada desatención de la galantería y las miradas profundas de los colonos, quienes se dispusieron a correr tras ella hasta alcanzarla.

Ante todas las preguntas que le formularon, unas más dulces, otras más inquietantes, la joven permaneció en silencio, sin responder ni objetar nada a cambio, ni tan siquiera con los movimientos característicos de las manos y la cabeza.

En un inicio creyeron que no le parecía bien el tono en que la interrogaban, o que no entendía la lengua de ellos, hasta que, después de observarla durante largo rato, se convencieron de que su hermosura física estaba acompañada también de una mudez congénita, al parecer consecuencia de todas sus timideces y complejos.

Se dice que muchos vecinos cienfuegueros intentaron llevar a esta mujer a la vida civilizada, albergándola en sus casas y facilitándole ropas. Sin embargo, ella siempre volvía a su complaciente soledad, con la garza azul y la paloma blanca como únicas súbditas, marcada por un mutismo apabullante y desgarrador que, según cuentan todavía, solo le dio voz a su belleza.

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