Agarrados por el corazón

Autor:

Alina Perera Robbio

«La novela está buenísima», se repite la frase entre cubanos, recurrentemente, y así, con tal brevedad, la sabiduría popular hace justicia a la segunda temporada de Bajo el mismo sol, propuesta transmitida en un momento del día que resulta sagrado para millones de televidentes en el archipiélago.

Confieso haber subido al tren de los capítulos una vez que había cierto trecho del camino andado. Pero una sola noche bastó para darme cuenta de que estaba degustando un producto audiovisual donde se nos dibuja, con naturalidad y honestidad loables, la hermosa y nada fácil vida nuestra, los claroscuros de una suerte preñada de contradicciones, sobresaltos, desengaños, y también muchas ganas de seguir estando.

Inspirada en la certeza de que lo valioso ha de ser reverenciado, quiero expresar que la telenovela nos lanza ganchos de atracción en tanto extiende estampas que a muchos resultan familiares, y que reprocharíamos por ser a veces como espejos algo descarnados si no fuera —y este es a mi modo de ver el tesoro de la segunda temporada— por el telón de fondo tierno y preñado de honduras que adereza cada situación.

La novela nos hace pensar. Todo el tiempo. Provoca una mirada hacia lo que somos luego de más de veinte años de terca y traumática expedición sobre los rieles de los destinos colectivos e individuales, cuya principal víctima ha sido la espiritualidad, impactada y agobiada como una guerrera que no suelta su espada mientras se bate sudorosa ante un monstruo de interminables cabezas, donde cada una representa un vicio amamantado a la sombra de fracturas y carencias.

Para el elogio me hubiera bastado con la subtrama del anciano —interpretado por ese maestro de la actuación que es Raúl Pomares—, alguien que inmerso en la soledad espesa reverdece mientras lidia con un adolescente, nieto postizo urgido de amparo y que es la pura encarnación de una gran verdad: nadie nace malo ni bueno. Somos, al ver las primeras luces del mundo, un libro en blanco que las circunstancias, y sobre todo el amor o el desamor, irán llenando.

El abuelo acompañado de su perro fiel dice frases sobrecogedoras, como cuando afirma que hoy en día los matrimonios duran poco, o que lo más importante es el afecto o la atención a los seres queridos. El drama de la soledad tan bien interpretado por Pomares, nos hace pensar en la desolación propia, o la de nuestros amigos. Esa tragedia convertida en enfermedad de este mundo sordo y ciego, neurotizado y sofisticado hasta la náusea, duele a muchos que darían su reino por un buen interlocutor (a), por un eco que los redima de un montón de caídas.

En esta novela hay parábolas de lo humano que estoy segura muchos agradecen. Más allá de los escenarios hermosos o desaliñados, de aristas fieles a los códigos del arte (y por eso simbólicas, condensadas, sobrecargadas de lo intenso o lo más pálido pero no obligadas a un retrato preciso y abarcador), terminamos calados por un sinfín de mensajes.

Son mensajes que deslizan madres solteras y batalladoras por sus hijos, mujeres y hombres que habitan la incertidumbre por la ausencia de una buena compañía, seres poseídos por la violencia, o el rencor, o la incoherencia afectiva, criaturas que dibujan y defienden sus obsesiones, como cada uno de nosotros.

Ya subida al tren visual, cada vez que sucede algo en las historias de la actual novela, corroboro que hubo inteligencia y sensibilidad en la realización de la obra. Cualquier detalle desata la meditación, hasta una imagen estática de los créditos, allí donde con rapidez, sin pompas ni mucho maquillaje, pero tampoco lacrimógenamente, podemos reconocernos.

La cuerda permanente de lo que estamos viendo es lo que me explicaba hace unos días un eminente psiquiatra: el antídoto contra todos los padecimientos del alma —esos que pueden conducir a verdaderos cataclismos de la conducta—, será siempre el cariño. Por eso cuando escucho comentar que «la novela está buenísima», asiento y entiendo lo que están queriendo decir mis conterráneos. Esta segunda temporada nos agarró por el corazón, y nos ha convertido en protagonistas.

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