Los valores del tío Cheto

Autor:

Juan Morales Agüero

A pesar de su inveterada obsesión por aprender, mi tío Cheto no pudo conquistar en su juventud lo que a todas luces le hubiera gustado una enormidad: asistir regularmente a la escuela y hasta estudiar una carrera universitaria. No lo consiguió por un obstáculo insuperable: nació y se crió en tiempos en que acceder a un aula era un sueño y encorvarse sobre el surco un espectro en la vida de un guajiro.

Ahhh, pero, ¡cuánto admiré a aquel hombre bueno y dadivoso! Era yo un chiquillo todavía cuando descubrí en su manera de proceder las razones de su bruñida educación extradocente. En efecto, desfilaba frente a mi casa un cortejo fúnebre cuando, de pronto, vi a tío Cheto quitarse el sombrero. «¿Y por qué?», le preguntó mi candor infantil. Y me respondió, comprensivo: «Es por respeto al difunto, mi´jo».

Los años me proporcionaron la oportunidad de justipreciarlo en otras situaciones no menos reconocibles. Como ponerse de pie cuando llegaba alguien a su hogar, aunque se tratara de amigos íntimos. O cederles el paso a quienes coincidieran con él en el momento de franquear una puerta. O darle los buenos días a cuanta persona se cruzara con él en el camino. Sí, mi tío Cheto fue siempre un hombre muy especial.

Este preámbulo familiar —suerte de oda afectiva a la memoria de mi extinto deudo— pretende insistir en un refrán devenido obviedad: el hábito no hace al monje. Significa que no es imprescindible transitar a priori por un recinto escolar para ser consecuente con las normas más elementales de la educación formal. En ocasiones hasta ocurre a la inversa: ¡ya quisieran algunos másteres y doctores comportarse en privado o en público como muchos iletrados posmodernos!

Las confirmaciones abundan. Profesionales que no se toman la molestia de saludar a sus vecinos. Individuos con reconocimiento social que no dan las gracias cuando alguien les dice la hora. ¡Cuánta diferencia con el campesino que invita al caminante a tomar un buchito de café dentro de su vivienda! ¡Qué distinta la anciana que le retribuye al adolescente el magnánimo gesto de ayudarla a cruzar la calle!

En los primeros casos, se trata de individuos con sólida formación especializada, capaces de resolver en unos pocos minutos complejas ecuaciones matemáticas, pero —¡ay!— torpes para sacar la simple cuenta de que el respeto a sus semejantes clasifica como un preciado valor en la aritmética de la vida; en los segundos, de personas quizá carentes de aval académico, pero graduadas con felicitaciones y títulos de oro en la universidad del comportamiento ciudadano.

Hoy, a nivel institucional, existe justificada preocupación por la manera en que no pocos cubanos se conducen en determinados contextos grupales. Así, cuando asisten a actos socio-políticos en teatros o instalaciones afines, no se ponen de pie al hacer su entrada la presidencia. O conversan entre sí y en alta voz mientras los oradores hacen uso de la palabra. O escriben y se pasan unos a otros papelitos escritos con chistes y chismes sin que la vergüenza los sonroje...

El problema no es exclusivo de estos tiempos. Fidel, refiriéndose a sectores juveniles, lo abordó en fecha tan lejana como el 3 de abril de 1976, en el acto por el XV aniversario de la Unión de Pioneros de Cuba y el XIV de la UJC. Dijo entonces: «Hay estudiantes que no son capaces de ponerse de pie si el rector o el director pasan; que tratan al profesor como al vecino que ven todos los días; que no tienen idea de cómo hay que hablarles a los adultos, a los padres...».

Al abundar sobre la definición y el alcance de la educación formal, añadió: «va desde el hábito de vestirse, el hábito de comer, el hábito de sentarse, el hábito de ponerse de pie cuando corresponde ponerse de pie, porque esos son sentimientos de respeto que el socialismo no debe abolir jamás, y que no entrañan ninguna jerarquía social, sino un modo de convivir, un modo de tratar y respetar a los demás, un modo de ser solidarios con los demás». Para cumplir con la dialéctica y con sus expectativas de perfeccionamiento constante, nuestro proyecto social precisa de gente bien preparada en los más variados campos del saber. Y es legítima esa aspiración, porque solo el conocimiento y la sabiduría pueden abrirle de par en par a la humanidad las compuertas del futuro.

Pero precisa que, además de competentes en lo profesional, en lo espiritual sean parecidos a mi tío Cheto, aquel campesino humilde que hizo de su congénita educación formal una manera de vivir: sensibles, amables, educadas, naturales, altruistas y, sobre todo, capaces de tener en cuenta a sus semejantes en sus patrones de conducta.

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