El PSG levanta al cielo de Budapest su segunda UEFA Champions League consecutiva. Autor: Diario As Publicado: 30/05/2026 | 10:12 pm
El fútbol, a veces, es un arte demasiado cruel para explicarlo con palabras. Pero si lo entendemos como una metáfora de la vida, la final de la Champions League que coronó al PSG sobre el Arsenal fue una pugna entre la resiliencia, el talento y la épica. El «otro Luis Enrique», como ya algunos lo bautizan en la prensa, ha tejido en París una obra maestra que no necesita de artilugios ni guiones: es pura creación. El marcador final (1-1 en el tiempo reglamentario y 4-3 en penaltis) es, en realidad, un espejismo. El partido fue mucho más, fue un relato.
El Arsenal saltó al césped del Puskás Aréna con un hambre atávica. Suya era la necesidad de romper una sequía de dos décadas sin pisar una final europea. Y el guion, caprichoso, les sonrió pronto. Al minuto 5, Havertz, ese delantero de movimientos tectónicos, se encontró el balón como quien se topa con un diamante en bruto y lo mandó a la red. El golpe, tempranero y demoledor, puso contra las cuerdas al campeón defensor. Fue entonces cuando el Paris Saint-Germain mostró su otra cara, la de los elegidos: sin Kylian Mbappé, pero con un plan B, C y D.
El partido entró entonces en una fase de hipnosis. El PSG, un monstruo de la posesión, empezó a adormecer al Arsenal. Fue un acoso sin pausa, un dedo en la llaga constante ante la férrea defensa de los Gunners. El premio llegó en el minuto 64, y tuvo nombre y apellido: Ousmane Dembélé. Un penalti cometido sobre el incisivo Khvicha Kvaratskhelia fue la llave que abrió la puerta de la esperanza. El francés ejecutó como un sicario: engañó a Raya y decretó el empate.
El tiempo reglamentario se cerró con un 1-1 justo, pero mentiroso. Porque el alma del partido se jugó después, en la prórroga. Allí, el Arsenal, que se había convertido en un bloque de granito, estuvo a punto de firmar el milagro. Reclamó con vehemencia un penalti sobre Madueke, una jugada que Arteta calificó como «polémica y crucial». El colegiado Daniel Siebert, sin embargo, mantuvo el silencio. El destino ya había escrito su veredicto.
Y así llegamos al calvario de los penaltis. Budapest se contuvo la respiración. Gonçalo Ramos, Désiré Doué, Achraf Hakimi, Declan Rice, Vyktor Gyökeres y Gabriel Martinelli no fallaron. Nuno Mendes y Eberechi Ez sí lo hicieron. El suspense alcanzó su punto álgido cuando el brasileño Gabriel Magalhães, el héroe inesperado al que Arteta puso la responsabilidad en sus hombros, lanzó su disparo por encima del larguero. Era el último suspiro. El bicampeonato parisino era ya una realidad.
La imagen final lo dice todo: Luis Enrique abrazado a la Copa, convertido en miembro de un club de élite de entrenadores junto a Zidane, Guardiola y Ancelotti, logrando su tercera orejona. El español, que solo unos años antes había resucitado a este equipo de sus cenizas, ya es un patrimonio del fútbol europeo. En una reacción a pie de campo, entre lágrimas de felicidad, el técnico lo definió como un «éxito aún mayor» que el primero, un guiño a la dificultad de mantener la corona.
Y es que Luis Enrique ha construido un equipo de libro, un plantel que juega solo, la nueva dinastía del fútbol europeo. Porque el PSG parece un equipo invencible, que gana en 90 minutos, que gana en prórrogas, que gana en penales, que gana en todas partes. Y si hay que ir a jugar a la Luna, contra los lunáticos, también gana.
El Paris Saint-Germain ya no es un proyecto: es una realidad en mayúsculas. Y, en su banquillo, tienen un tipo que se ganó el cielo a pulso.
