Martí, médico de cuerpo y alma

Autor:

Julio César Hernández Perera

A la sapiencia y excelsa inteligencia de nuestro José Martí no escapó tampoco la Medicina, también para servir a los demás. Quien estaba obligado a comprender su naturaleza tan enfermiza, no reparó en sanar las vidas y dolencias ajenas, ya fueran del cuerpo o del alma, con el auxilio de muchos amigos médicos, como su entrañable Fermín Valdés Domínguez.

Golpearon su salud afecciones adquiridas desde muy temprana edad. Cuando fue condenado al trabajo forzoso en el infierno de las Canteras de San Lázaro, apenas con 16 años, a Martí le afligió hondamente la muerte de Nicolás del Castillo, un anciano enfermo de 76 años que un día cayó al abismo. El abuelo fue quien, a la llegada del joven a aquel pandemónium, con lágrimas en los ojos expresó en entrecortadas palabras: «¡Pobre, pobre!».

Partiendo piedras en las canteras Pepe debilitó su salud para siempre. Las cadenas y los grilletes le hicieron varias llagas persistentes en la cintura y el tobillo derecho, que nunca sanaron. Ya a los 18 años empezó a sufrir de fiebres episódicas, falta de aire, decaimiento extremo y afecciones oculares. Todo hace indicar que padecía de sarcoidosis, una enfermedad crónica poco frecuente, de causa desconocida y que puede afectar más de un órgano.

Pero a pesar de su delicada condición física, su cerebro y corazón avivaban un gran brío espiritual. Tanto, que después de desembarcar por Playitas de Cajobabo y respirar de nuevo el aire de la patria, recobró esa ansiada fortaleza que el cuerpo necesitaba para enfrentar la dura vida de la manigua.

Así lo retrató Máximo Gómez en su diario de campaña: «Martí, al que suponíamos más débil por lo poco acostumbrado a las fatigas de esas marchas, sigue fuerte y sin miedo».

El bienestar y la energía del gran cubano se traslucen en una carta que él dedicara a Carmen Miyares de Mantilla y sus hijos, el 28 de abril de 1895: «Me siento puro y leve, y siento en mí algo como la paz de un niño».

En otro momento comentó: «Y han de saber que me han salido habilidades nuevas, y que a cada momento alzo la pluma, o dejo el taburete, y el corte de palma en que escribo, para adivinarle a un doliente la maluquera, porque de piedad o casualidad se me han juntado en el bagaje más remedios que ropa, y no para mí, que no estuve más sano nunca. Y ello es que tengo acierto, y ya me he ganado mi poco de reputación, sin más que saber cómo está hecho el cuerpo humano, y haber traído conmigo el milagro del yodo».

Con el alma henchida y bien de salud, Martí dedicó parte de su tiempo al cuidado de enfermos. Era evidente que lo seducía el «desvelo de galeno» y de seguro empleaba el yodo en el tratamiento de las heridas. La sustancia había sido descubierta por el químico francés Bernard Courtois en 1811. Años después, en 1839, un cirujano inglés llamado John Davis había mostrado sus propiedades antisépticas y desinfectantes. Desde ese momento, y hasta hoy, se ha utilizado con esos fines.

Una vez más, en la pasión de plasmar al fin sus sueños libertarios, Martí se ganó la admiración y el afecto de sus compatriotas, muchos de ellos hombres curtidos por la guerra. «Martí no duerme, personalmente ayuda a los heridos […]», reparó para la posteridad el capitán del Ejército libertador Manuel Ferrer Cuevas.

Carlos Martínez González, un muchacho de apenas 16 años cuando desembarcó la expedición, refería con humildes palabras transidas de asombro: «Martí se aposesionó del botiquín y arrancó a curar todo aquel hospital de gente. A nosotros nos mandó a hervir agua en unos calderos que conseguimos con unos vecinos. No paraba. Donde había un ay, ahí estaba él. Lo primero que hacía era lavar bien las heridas, porque ya había algunas que las tenían malas, y hedían. Martí se soltó. Fue como si de pronto se le hubiera olvidado que estaba cansado. Se embarró mucho de sangre y de tierra allí, con gran interés de ayudar».

Ejemplos como estos hacen que José Martí sea el más espléndido de los cubanos. A su profundo pensamiento, consagrado a empalmar a un pueblo en la lucha, se añade su alma de sabio. Tenía inmensos conocimientos de muchos universos: de política, de pueblos, de artes, de ciencia... y de medicina. Una medicina de cuerpo y alma.

Fuente: Ricardo Odelín Tablada. Las enfermedades de Martí. Editorial Oriente, 2007.

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