Donde no hay malos ojos

Autor:

Yoelvis Lázaro Moreno Fernández

Antes de llegar por vez primera a ese sitio empotrado en un verde humeante de tan intenso, imaginaba encontrarme allí una serranía empinada, cargada de elevaciones sorprendentes que, si bien sabía que distaban bastante del imponente macizo del Escambray, pensé que también llevaban consigo el asombro que siempre suponen las alturas.

No esperaba ver hombres arriando mulos, aunque sí creí en un inicio que por lo abrupto del terreno y las sinuosidades del camino, a un carro ligero le costaría trabajo subir hasta el mismo corazón del asentamiento, y que quienes suelen marearse con facilidad vivirían a su paso por esa ruta una experiencia de constantes peligros a la vista y de insoportables vértigos.

Pero en este apacible lugar de campo, considerado por algunos como la capital del Plan Turquino Bamburanao, ubicado al este de la villaclareña ciudad de Remedios, más allá de unas humildes lomas, no existen mayores y mejores cumbres que aquellas con las que conviven felices y expectantes sus pobladores, amparados por la belleza panorámica de un valle vecino que advierte, casi inesperadamente, el porqué de su nombre.

A los ojos escrutadores del que se aproxima, los nativos son gente amante del sano dicharacho, del repentismo criollo y la décima guajira, del laboreo y el cotidiano hacer de los mandados, del cuento pícaro y las intrigas, del baile cómodo y la carcajada resuelta que contagia.

Como acuarela de palmas y el mar en lontananza, en toda la extensión de esa anchurosa geografía, en la que se ubica un gran yacimiento de hojas fosilizadas en muy buen estado, descuellan sectores con pequeños matorrales y comunidades herbáceas que asientan en la mirada una gama amplísima de tonos «verdiclaros».

Inspirando a la convivencia y la armonía criolla despuntan al amanecer, en tan singular escena, el tocororo, la cartacuba, el zunzún y el perico catey, en afable diálogo con la paloma de ala blanca, el tomeguín del pinar y el de la tierra, la torcaza y la jutía, especies que, con sus conciertos únicos, irrumpen en ese sosiego campestre.

Por añadidura, la belleza de la zona se debe también a los cerca de nueve ojos de agua diseminados en toda esa accidentada topografía, los que nunca —o casi nunca, para no pecar de absolutos— se secan.

Como si fueran pocos los destellos paisajísticos que rondan esa quebrada guardiana, perviven allí fábulas centenarias, como la de ese tesoro enterrado del que se dice que hubo personas que ya lo encontraron, pero al volver al lugar del hallazgo no han logrado localizar por segunda vez el sitio exacto.

La historia de esa fortuna se emparenta también con aquella que recoge la cabalgata supersónica de un jinete que fue desde el mismísimo mirador del pueblo hasta la villa de Remedios, en un tiempo apenas contado, tras divisarse un barco pirata por la costa de Caibarién. Hay quienes dicen que daba suficiente tiempo. Otros, en cambio, achacan tamaña proeza a un delirio solo capaz de haber nacido de la poderosa invención del ser humano.

Lo cierto es que Buenavista, con ese nombre que aventaja la expectativa, despabila desde su discreto lomerío una aventura de personajes naturales que conspiran contra los malos ojos, y que en su aparente confluencia susurran, conmueven, inquietan. Ahora, mientras insisto en volver, voy recobrando como fotogramas los resplandores de esa grata visualidad, tan imponente como sencilla, tan inmensa como buena.

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