Inmortalidad de la poesía

Autor:

Mario Cremata Ferrán

Hoy, por la senda derecha dejando atrás el parquecito, desando la Calzada de Tirry y me detengo en el número 81. Una vez más, me dispongo a traspasar el umbral de la vieja y romántica casona —reino de pasiones y versos— con el anhelo de aliviar una carga terrible.

Chirria el portón y Carilda Oliver Labra me recibe con esa sonrisa que solo ella sabe y que todo lo puede, antes de dejarse caer con gracia en su balance predilecto, que no sé por qué extraño sortilegio tiene al mecerse el mismo porte altivo, la misma cadencia poderosa de su enigmática dueña.

Absolutamente nítidos, alcanzo a distinguir ciertos fantasmas, algunos francamente fascinantes, que se entrecruzan con una procesión de gatos multiplicados, lo cual refuerza la secreta intuición de que aquellas húmedas y añosas paredes albergan vida y muerte, y que el trecho que separa una y otra no llega a ser insalvable.

Descanso la mirada unos segundos en la mirada de Carilda. Como siempre, puedo escrutar su luz interior. Tal vez nunca le he dicho que sus azules y todavía seductores ojos de nueve décadas me transmiten una equilibrada y gratificante sensación de inquietud y paz.

Aprovecho la privacidad y le comento cuán confundido y alarmado me dejó un año atrás, al confesarme, allí mismo, que, envuelta en un aura de sucesivas pérdidas, notaba que hasta la poesía comenzaba a escaparse.

Ella agacha un poco la vista y evoca a los bardos de siempre y a otros casi desconocidos o que aspiran a serlo, quienes se le acercan en busca de consejo, para mostrarle con timidez sus composiciones, o simplemente comentarle la lectura y el desciframiento de sus propios versos.

Al candor de su voz, la tertulia enrumba por senderos insospechados… Carilda habla de sus aflicciones, pero con su habitual donaire se divierte al inventariar concienzudamente sus «pecados» —los atribuidos y los ciertos—, hace hincapié en sus alegrías eternas, prefiere regodearse en sus planes inmediatos, mientras no puedo evitar sucumbir ante su derroche de optimismo y razón.

En ese minuto de hallazgos, el canto de un sinsonte irrumpe y hace volver mi interés hacia el patio interior, donde diviso las arecas rebosantes de verde, las buganvilias trenzadas a capricho, cuyas florecillas han delineado un inmenso corazón que reposa junto a la habitación principal; detrás, asoma un platicerio que un día sentí cerca del ocaso y hoy desborda hasta la cocina sus hojas de reno cargadas de esporas.

Sin dejar de mirar a mi alrededor, regreso a la poltrona seductora. Los cuadros reviven anécdotas de la protagonista; las fotografías me revelan una época que por momentos se desdibuja, antes de expresarse con una fuerza avasalladora; los mosaicos gastados me resultan más vistosos y la antigua cochera menos lúgubre y los muebles no tan desvencijados.

Repaso también uno por uno los lomos de cuero y pasta con caracteres dorados, que corren por todas las estanterías en un orden ajeno. Advierto que libros y papeles le pertenecen a una poetisa «de ley», tanto como ella es propiedad de quienes aman por igual la Ley y la Poesía.

Una sacudida atrayente pone fin al periplo y las asociaciones. Vuelvo al perfil estremecido y radiante de Carilda, quien toma mis manos y sonríe de nuevo, y quizá piensa en el tiempo, «ese gran escultor». Me sobrecoge que cumpla hoy 90 y yo tenga apenas 25.

Se ha hecho tarde, y aunque deliberadamente evadió la pregunta que me trajo, me retiro pleno y risueño porque el milagro está frente a mí, allí, en todas partes. Hoy, al trasponer el umbral de la vieja y romántica casona —reino de pasiones y versos— me satisfizo comprobar que perviven, renovadas, su alma y sensibilidad de poeta.

Ahora sé que lo bello es imperecedero, y que la inmortalidad tiene nombre. Me basta su risa enamorada para comprender que la poesía no podrá morir jamás.

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