Clinton busca la tranquilidad de sus amigos sionistas

Autor:

Jorge L. Rodríguez González

Con tomates, zapatos y pomos de agua fue despedida Hillary Clinton en la ciudad egipcia de Alejandría, adonde había ido a reabrir una oficina consular, después de pasar por El Cairo prometiendo apoyo a la democracia y a las aspiraciones del pueblo egipcio. También hubo quienes le recordaron un viejo escándalo sexual de su esposo, cuando le gritaron «Mónica, Mónica», en alusión a la pasante de apellido Lewinsky con quien tuvo sexo Bill, entonces jefe de la Casa Blanca. Esa fue la respuesta de quienes interpretaron la verdadera esencia de la visita de la flamante dama a la nación norteafricana, más allá de su hinchado discurso público.

Clinton dijo haber visitado Egipto para reafirmar el apoyo de Estados Unidos a los egipcios y a la entorpecida transición democrática que vive el país. Fueron palabras hipócritas, porque hasta enero de 2011 a la Casa Blanca nunca le importaron los desmanes que cometía el régimen de Hosni Mubarak ni la situación de ese pueblo. A Washington solo le preocupaba el papel que jugaba Egipto como su más potente aliado en la región, específicamente en el conflicto israelí-palestino, a favor por supuesto de sus intereses y de los de su siempre bien estimado amigo sionista. De lo demás se hacía el de la vista gorda (a pesar de que allí tenía a la CIA).

Sin embargo, una vez detonada la revuelta popular, y consciente de que no podía seguir apoyando a Mubarak si quería secuestrar el movimiento para enrumbarlo por la senda que le convenía, la Casa Blanca comenzó a hablar de las aspiraciones del pueblo egipcio, al punto de haber dicho a su títere que tenía que renunciar.

Ahora, cuando Egipto tiene nuevo Presidente, Clinton fue una de las primeras altas funcionarias extranjeras que lo visitó para recordar cuáles son las reglas del juego si El Cairo quiere seguir recibiendo anualmente los acostumbrados 1 500 millones de dólares estadounidenses (1 300 millones para las Fuerzas Armadas). Entre otros ofrecimientos públicos, la visitante se refirió a un plan del Gobierno de Barack Obama para conceder 250 millones de dólares en garantía de préstamo a pequeños y medianos empresarios, así como un fondo egipcio-estadounidense de 60 millones de apoyo a la estabilización de la economía de ese país, para lo cual también se emplearía el alivio de la deuda de El Cairo con Washington. La vieja diplomacia del dólar.

«Estados Unidos no toma partido en Egipto», llegó a decir la Clinton, y la frase —criticada por los egipcios— será recordada como uno de sus mayores derroches de simulación. ¿Por qué estaba allí entonces, sino para remarcar su posición y condicionar la asistencia norteamericana? Con el presidente Mohamed Morsi la visitante despilfarró palabras sobre democracia y la necesidad de un Estado civil; y al otro día, con el mariscal de campo Mohamed Hussein Tantawi, jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas —que desde la renuncia de Mubarak y hasta el 30 de junio gobernó el país—, le pidió mantenerse firme en la política hostil contra Irán y en el apoyo a Israel, dos de las principales preocupaciones de la política exterior de Washington en la región.

Dar continuidad a la alianza con Egipto es realmente lo que anduvo buscando la Clinton. Y de paso, se dio un salto a Israel para calmar al Gobierno sionista, que en los últimos meses ha estado muy nervioso y preocupado por el rumbo que tomaría El Cairo con un presidente islamista. Tel Aviv hubiese preferido la autocracia castrense que desde septiembre de 1978 —cuando suscribió el acuerdo de paz de Camp David— le ha ofrecido cierta tranquilidad.

Clinton se encargó personalmente de garantizar que las declaraciones de Morsi de que no derogaría este acuerdo siguieran en pie. Esa fue la ofrenda que llevó la diplomática a Israel, una prueba más de que Washington no abandona a su amigo sionista.

Sin duda, es un buen obsequio después de 22 meses sin pasar por Jerusalén a saludar a sus socios y de que el mismísimo Obama aún no haya puesto allí sus pies en casi cuatro años al frente de la Casa Blanca. Así, se adelanta al candidato presidencial republicano Mitt Romney quien, según trascendidos, visitará Israel la semana próxima. Y de seguro, también traerá en su maletín promesas y regalos, aunque no muy distintos de los que llevó la Clinton.

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