Protectora de inocencias - Opinión

Protectora de inocencias

Autor:

Marianela Martín González

Mery Pupo es una de las personas que más quiero en la vida. Ella está en casi todas las fotografías de mi niñez; habita en las puntadas de la ropa que he vestido, en mis cortes de cabello, en mi sonrisa desdentada cuando a los siete años fui soltando los dientes de leche gracias al amor y a la destreza de esa inolvidable mujer.

Desde que mis padres se divorciaron, era en casa de Mery donde mi papá me visitaba todos los meses de mi infancia. El café de la anfitriona era como un combustible que despabilaba a mi viejo, para que luego de una noche de viaje desde Santa Clara, resistiera el vendaval de preguntas que yo siempre reservaba para los encuentros.

Conocí el hielo, como en un pasaje de Macondo, de la mano de Mery. Ella tenía el único refrigerador existente en aquella finca ubicada entre San Antonio de los Baños y Güira de Melena, pero en verdad el artefacto que a mí me parecía cosa del otro mundo funcionaba como un «medio básico» de la comunidad: era de todos.

Casi siempre a la hora de la comida algunos de los gemelos de esa familia (Mery había parido dos pares de ellos) nos traían el agua helada. Si demoraban, mis hermanos o yo íbamos en busca del preciado líquido, el cual solía regresar caliente a nuestra casa porque nos entreteníamos en cualquier rincón del hogar de Mery, donde el alborozo de los muchachos no amainaba.

La primera vez que escuché hablar de Celia Sánchez fue, en tono muy familiar, en voz de Mery. La querida guerrillera que se distinguió por socorrer a los más humildes entregó a los Pupo la casa donde vivían. Tenían tres hijas cuando un parto de jimaguas los sorprendió, y a los pocos años vinieron otros gemelos que remarcaron la estrechez que ya padecían.

Mi vecina llevaba el agradecimiento a flor de piel. Quizá por eso asumía sin vacilaciones las tareas de la Federación, el Comité y cuanto plan intensivo estuviera de moda en aquellos años llenos de bríos, en la década de los 70.

Cuando se fundó la cooperativa Niceto Pérez, muy próxima a nuestras casas, Mery se sumó a esa institución como agricultora, y logró que allí se abriera un aula donde mi madre alcanzó el noveno grado remolcada por el entusiasmo y las razones de la vecina.

Aquel lugar, que parecía esconderse de los ojos del mundo, que nadie jamás se dedicó a denominar oficialmente y se llamó durante mucho tiempo Callejón sin nombre, tuvo una líder espontánea que no matriculó jamás en una escuela formadora de cuadros. Su manual era el de la entrega y la coherencia.

Ella quizá ya no tenga el acento tunero de entonces; puede que su voz ni se parezca a la que grabé en mi memoria, pero cada vez que rompe a tronar, siento que me ordena no andar descalza o me pide use un abrigo para cuidar mi pecho de los resfriados.

Por estos días, cuando requerí de una enfermera, encontré a Mery Pupo, y a su inmensa humanidad, en los rostros de Dorys, de Febe o de Celina, mujeres que como ella no conciben obra sin nobleza. No he vuelto a ver a mi hada madrina, a la protectora de mi inocencia, pero ella existe intacta en la dimensión de mis cariños y de mi gratitud. Ella me enseñó que, solo desde la generosidad, se pueden convocar la voluntad y la inspiración de los otros.

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